Concursos, útiles pero menos

Iria OteroHace un par de años una famosa publicación otorgó, a un vino gallego, una puntuación sorprendentemente alta en su crítica anual. La sospechosa calificación hizo que saltaran las alarmas, y numerosos profesionales y consumidores pusieron en cuestión su objetividad y la de los concursos en general. A día de hoy, el responsable de este episodio ha sido relevado de sus funciones, y el buen nombre de la revista y sus rankings se ha conservado, aunque será difícil recuperar totalmente el prestigio perdido.

Desde luego, este episodio ha sido uno de los más sonados por nuestras latitudes, pero la objetividad y valía de los diferentes concursos ha sido continuamente puesta en duda.

A lo largo del año se suceden numerosos galardones y calificaciones enológicas. Premios de las denominaciones de origen, catas para las diferentes guías y publicaciones,… En ellos, diferentes organismos públicos y privados ponen en relieve la calidad de los diferentes vinos, tratando de ser lo más objetivos posible. Alguna de las menciones más criticada es la que cada año define la nobleza de la cosecha en una región concreta; ésta, que en los últimos tiempos suele estar entre muy buena y excelente, y a pesar de las suspicacias que genera, es atribuible a los cada vez mayores conocimientos de enólogos y viticultores, el gran desarrollo técnico de las bodegas, y el papel asesor y de control de los Consejos Reguladores.

Sin embargo, las mayores sospechas se centran generalmente en la selección de vinos que realizan la prensa especializada, y en las que diferentes cuestiones tales como el brindar espacios de publicidad, ofrecer asesoramiento técnico a las bodegas o evaluar muestras enviadas directamente por las bodegas sin contrastar con muestras de mercado, hace que entren en cuestión diferentes intereses que pueden poner en duda el criterio de la organización. Pero, sin duda, el mercado y el consumidor valoran y seleccionan entre todas estas opciones, premiando a las más acertadas y relegando a las que de un modo u otro se alejan de la realidad de sus gustos.

Por todo lo anterior, y debido al gran número de concursos que existe, los enólogos solemos renegar de competiciones y premios. Pero no nos engañemos, merecer el reconocimiento en un certamen de prestigio es importante tanto para la publicidad de nuestros vinos, como para ser visibles al consumidor, y más importante, para nuestro autodiagnóstico y reciclaje.Es por ello que seleccionar entre toda esa oferta se vuelve fundamental; saber qué concursos son realmente relevantes y en cuáles se debe competir es de suma importancia, ya que un exceso de inútiles medallas puede ser tan perjudicial como solicitar la valoración de un vino en un entorno inadecuado en el que su posición final generaría mala prensa.

En estos años he podido participar en diferentes certámenes, y he de confesar que no he visto nada sucio o ilegal. Las muestras se catan “a ciegas”, es decir, cubriendo la botella para que ningún catador conozca el vino que se está juzgando; aún más, los jueces no tenemos información de los vinos que se han presentado. Generalmente, el panel de cata lo componen profesionales de los diferentes gremios: enólogos, sumilleres, periodistas,… y está demostrado que sus opiniones difieren, y todos juntos engloban con mayor exactitud los gustos del consumidor. Para coordinar todos estos criterios, y conseguir la mayor objetividad, un instrumento fundamental es la ficha de cata, que intenta convertir en objetivo algo tan subjetivo como la percepción asignando a cada propiedad del vino un valor numérico, con lo que la evaluación global de todos y cada uno de los vinos catados se basa en una metodología y puntuación común. Así, los resultados finales suelen estar muy ajustados, y todos los catadores, a pesar de pequeñas diferencias personales en gustos y criterio, solemos coincidir en nuestra valoración final.

Pero al margen de estos certámenes, normalmente dirigidos a enófilos y entendidos, la oferta de jornadas y rankings es cada día más variada y, a pesar de lo encorsetado de determinadas convocatorias, existen cada vez más opciones que acercan el vino al consumidor real. Guías que valoran la calidad/precio, libros sobre vinos adquiribles en supermercados o jornadas de vinos accesibles para todos los bolsillos; lo importante es acercar el vino a la gente normal, dar referencias y hablar de las diferentes opciones que existen, muchas veces desconocidas, de manera que se de visibilidad a otras producciones, menos glamurosas pero de igual calidad y normalmente más asequibles. El vino se está democratizando, como siempre fue, y como debería seguir siendo.

Los prescriptores tienen gran influencia sobre el mercado del vino, y es comprensible dado el gran número de regiones, bodegas y marcas que existen en la actualidad; pero no debemos olvidar que el buen vino no es el que uno u otro experto nos recomienda, si no el que más nos gusta a cada uno de nosotros. Siempre me ha sorprendido observar cómo cuando hablamos de un cuadro, de un libro, o de una composición musical, somos capaces de afirmar que no nos llena, que no lo entendemos, o simplemente que no nos gusta muy a pesar de su consolidada calidad técnica, entonces ¿por qué no hacemos lo mismo con el vino? Podemos dejarnos aconsejar, pero la decisión final es nuestra, ya que no hay nada peor que seleccionar un vino, pedirlo, pagarlo, y al final del proceso, no disfrutarlo.

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Iria Otero

Enóloga

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