“En Galicia hay vinos fabulosos pero quizás lo que le falta es un poco ese toque de la tapa bien puesta”

Todavía recuperándose de la pérdida de su compañera, Enma Pino, el actor Antonio Durán “Morris”, uno de nuestros intérpretes más respetados en el panorama nacional, presentará en breve “A Esmorga”, la adaptación al cine que ha hecho Ignacio Vilar del libro de Blanco Amor. Inmerso en el trabajo, con varias películas y series aún por estrenar, este vigués y celtista de pro nos habló de sus recuerdos vendimiando en Os Peares y de su preferencia por el Albariño.

Imagino que se lo habrán preguntado muchas veces, pero ¿de dónde viene el nombre de Morris?

Morris viene del apellido Moreiras. Estudié en el Colegio Labor y entre nosotros nos llamábamos por el apellido y de Moreiras pasé a ser Morris y ahí quedó. En mi etapa de militancia política fue mi nombre de guerra y cuando empecé con el teatro ya me conocía todo el mundo como Morris y aunque intenté cambiarlo, porque mi madre estaba realmente dolida, porque cuando empecé a ser conocido su apellido Moreiras no salía en ningún sitio, fue imposible.

Empezó en este mundo por casualidad, ¿hoy se podría imaginar su vida en otra profesión que no sea esta?

Hoy ya no, ya llevo 35 años en esto y no me imaginaría en otra profesión. Tampoco sabía que iba a acabar convertido en un actor profesional. Es más, me tendría que reinventar, algo que hoy en día le está pasando a media sociedad, así que supongo que si te ves obligado, lo tienes que hacer. También es cierto que me hubiese gustado ser músico, de hecho las dos parejas que he tenido estaban vinculadas a la música.

 ¿Cómo se tomaron en su familia lo de que el niño fuera artista?

En un principio mal, porque mi madre quería que hiciera oposiciones para Correos o Telefónica y cuando lo dije ya estaba estudiando el Instituto en Nocturno y trabajaba por el día, primero en una marmolería, en una panadería, y esa era la excusa. A mí lo que me decían es que si me buscaba la vida, que fuera lo que quisiera. Mi padre murió muy joven y no llegó a vivir la popularidad, mi madre sí, me vio en la tele. Pero cuando empecé no había televisión, ni nada, íbamos con una furgoneta, montábamos el material, hacíamos teatro…

 ¿Qué queda de aquel joven que empezó en Artello?

Queda mucha ilusión, la vida y la profesión te va dando tablas y oficio, te quitan un poco de inocencia y de ilusión por lo que tienes que hacer un ejercicio diario para seguir con esa fuerza y no caer en la rutina, sobre todo en ciertos trabajos como son las series de televisión. La verdad es que yo he conseguido mantener esa ilusión por lo que hago.

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A lo largo de estos años y de tantos papeles en cine, televisión y teatro, ¿hay alguno que recuerde con más cariño que otro?

Hay muchos, quizás el primer trabajo profesional muy potente con el Centro Dramático Galego, pero lo pasé muy mal porque era muy joven para ese tipo de espectáculo. En Artello, en cambio, me lo pasé muy bien con obras como “Celtas Sin Filtro”, “Batea”… Después hice una pareja de televisión muy simpática, en realidad era un trío, con Chichi Campos y Manquiña con aquellos programas de “A ver qué vai ser esto” “SOS” y después en mis dos últimas dos series de televisión también he disfrutado mucho y he hecho dos nuevas familias. También la película “Princesas” fue en su momento muy importante, de la misma forma que ahora creo que lo va a ser “A Esmorga”, también “Doentes”, que fue la primera adaptación de una obra de teatro al cine aquí, que la hice con “Pico”, que ya desapareció. En fin, que la edad ya empieza a pasar factura y comienzas a ver casilleros vacíos, pero eso es señal de que trabajaste y maduraste.

 Vivió los inicios de la Televisión de Galicia, ¿qué importancia ha tenido la existencia de la TVG en el audiovisual gallego?

Yo creo que toda, si no existiese la TVG no se hubiese montado una industria aquí. Recuerdo que cuando ensayaba los primeros espectáculos con el Centro Dramático, encima, que era el local del Casino en Santiago, empezaban a trabajar en una cosa que se llamaba el Archivo y que eran los futuros cámaras de la tele que hacían prácticas con nosotros. El teatro profesional empezó mucho antes pero sin el motor de la TVG no sería posible como lo conocemos hoy.

 ¿A qué cree que se debe la práctica inexistencia de una industria cinematográfica gallega?

Sí que hay industria, aquí hay un montón de productoras, de gente, quizás son miles de personas las que trabajan aquí alrededor de esta industria. Lo que pasa es que quizás es mucho menos visible, y se siguen haciendo muchas coproducciones para fuera, entonces como industria gallega quizás sea menos visible. Hay que pensar también que un 40% de las grandes figuras que tenemos aquí están trabajando en Madrid, estoy hablando de directores consagrados, actores, actrices, es decir que el problema que hay con la industria de aquí es que llegado a un punto no es capaz de retener o de mantener a los artistas y las producciones que deberían trabajar y hacerse aquí. Esto es como el Celta, puede tener una muy buena cantera pero cuando es muy buena, enseguida se la llevan.

 ¿Ha hecho infinidad de papeles, por qué cree que la gente se queda más con el Morris de comedia que con el dramático?

Realmente no es la gente la que me encasilla, sino la gente que me ofrece el trabajo y como desde los tiempos de Artello demostré posibilidades de comunicación en la comedia, continuamente me llaman para eso. Pero es curioso porque fuera de Galicia siempre he hecho papeles dramáticos, me llaman para personajes torturados y tienen una imagen de mí totalmente alejada de la comedia. Aquí, en Galicia, ya voy combinando, por ejemplo el “A Esmorga” es un papel dramático, el de “Doentes” también lo fue. Lo que pasa en esto es que puedes estar muy bien en papeles dramáticos pero viene una comedia que funciona y arrasa, como ha pasado ahora con “Ocho apellidos vascos”. Sobre todo en este momento, que la gente quiere reirse.

 Cuando uno interpreta a personajes tanto tiempo como el de Antón Santos en “Pratos Combinados” o el de Edelmiro Ferreira en “Padre Casares”, ¿se le pega algo de ellos o al revés?

Hay un poco de las dos cosas, un punto de encuentro. Normalmente te eligen con un casting pero enseguida cuando empiezas a hacer la serie, los propios guionistas se retroalimentan de las coñas que tú le das al personaje y ahí empieza un nuevo proceso que dura años si funciona. Así que es un punto de encuentro entre tu sentido del humor, lo que ellos tenían pensado y se va desarrollando el personaje de esa forma.

 Muchos actores aseguran que su sueño es trabajar con determinado director, ¿el suyo?

Me gustaría trabajar, sobre todo, en proyectos que fueran asequibles para mí, porque de nada te sirve trabajar con un gran director si te ofrece un personaje que no puedas defender. Tuve grandes experiencias con directores, con Fernando León hice tres películas y realmente le cogí mucho cariño, nos hicimos amigos, también me sorprendí mucho con Ignacio Vilar, que pensé que era de una forma y realmente sacamos adelante un trabajo excelente; con Gustavo Balsa trabajé muy a gusto, con Jorge Coira también, con muchísima gente. Me gustaría trabajar con Almodóvar, claro que sí, pero siempre dependería del papel que me ofrecieran.

Hablemos de “A Esmorga”, ¿cómo surgió este proyecto?

Cuando leí por primera vez que Ignacio iba a hacerla pensé, “joder, qué listo”. Después, cuando me llamaron para hacer el cásting, le cogí miedo, porque realmente es una novela muy cruda para llevar al cine y el riesgo era enorme. No sabría explicarte bien el proceso pero empezamos con un trabajo de mesa Karra Elejalde, Miguel de Lira, Ignacio y yo durante quince días exhaustivos. Ahí las sensaciones fueron extremas, de muy bien a muy mal, y hubo un momento que dudé tanto que me quise marchar, pero me quedé. Después tuvo lugar una especie de catarsis colectiva de creación de todo el equipo, y ahí conseguimos sacar una película muy potente, muy personal, con un director de fotografía joven, Diego Romero, que es de aquí, pero estaba en la India y en Estados Unidos, con una luz muy cruda, con unas interpretaciones muy de verdad, muy poco preparadas, vamos, que te transporta totalmente a la novela. Por todo eso estoy muy ilusionado, porque sabía que era un tema muy difícil y que se podía estropear. También tengo una película por estrenar, “Los fenómenos”, de Alfonso Zarauza, que está muy bien, con Lola Dueñas, con un argumento que gira en torno a la burbuja del ladrillo pero visto a través de unos obreros de aquí, que admiten a Lola dentro de la cuadrilla. Me queda un papel que grabé estos días para una serie de la TVG que es el del Códice, donde hice de deán y grabé dentro de la Catedral de Santiago. También tengo pendiente de estreno un corto muy potente y es que éste fue el año más desgraciado en mi vida personal y donde tengo más cosas que estrenar, son las paradojas de la vida. La ficción va por un lado y la realidad va por otro lado, pero son momentos en los que te das cuenta de que eres un actor profesional, que separas la vida personal de la profesional. “A Esmorga”, por ejemplo, va dedicada a Enma ya que ella falleció un poco antes de que terminara el rodaje. La presentaremos en el Festival de Ourense y luego se estrenará en toda Galicia el 21 de noviembre.

 

Recientemente participó en la inauguración Fiesta del Vino de Valdeorras, ¿cuál es su relación con el mundo del vino?

Soy de los Peares y mi familia, las Moreiras, que son de allí, tenían mucha finca y toda la familia hacía una vendimia colectiva. Recuerdo en los meses de septiembre vendimiar y, sobre todo, “esmagar” mucha uva en aquellas cubas enormes, recuerdo a mi padre limpiando las cubas. Son recuerdos de niñez, pero también de más mayor. Este verano, por la situación personal que viví, mi liberación era tomarme un albariño por la tarde, en una terraza. El vino cada vez me gusta más.

 ¿Y eres más de blancos o tintos?

Soy muy de albariños, pero también me gustan los Mencía, La familia éramos muy del cocido del domingo con un buen Mencía. El Rioja me resulta un poco fuerte. Y hablando de vinos, la ayudante de dirección de “A Esmorga”, Sandra Montes, que es de Escairón, sacó un vino que se llama “Moncha” en honor a su madre fallecida y aún estuve colocando ese vino por algunos locales de Vigo. El vino me encanta y sigo teniendo alrededor a mucha gente que tiene viñedos.

¿Cree que los vinos gallegos han mejorado en los últimos tiempos?

Claro que sí, cuando pides un Ribeiro, por ejemplo, es un vino acojonante, nada que ver con los de hace unos años. Hay vinos fabulosos aquí pero lo que le falta un poco a Galicia es ese toque de la tapa bien puesta en los cascos vellos para que tire del vino. En “A Esmorga” hay una frase cojonuda sobre este tema, que grabamos en la taberna “O Papuxa” de Ribadavia, en la que Milhomes dice cuando le ponen algo de queso con el vino, “agradécese algo que manteña, para que o viño non caia de tan alto”, y creo que es cierto.

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