Si hay algo genuinamente mágico en el mundo del vino, es ese momento en el que tras un año de trabajo y horas en la viña, todo se acaba resumiendo en un fruto único: la uva.

Y es que podemos tener un diseño de botella único, la etiqueta más rompedora, el sistema logístico más eficiente… que, sin uva, no tenemos nada.

Serán estos días de nervios y trabajo en los que finalmente se verá reflejado el esplendor o el declive de la cosecha anual. Gran parte de ese misticismo, radica en el poco o nulo control que aún tenemos sobre las inclemencias meteorológicas, decisivas en la conformación de la materia prima del que mañana será el vino.

Esta incertidumbre, irregularidad y periodicidad anual, han convertido a las cosechas en barómetros de calidad, haciendo que en determinadas añadas, algunas botellas alcancen el estatus de vinos míticos e incluso de colección. Si bien en Galicia aún no hemos aprendido a valorar este hecho en su justa medida, países como Francia y Alemania, lo tienen interiorizado desde hace siglos.

Y es que en una región donde según cómo vengan dadas ese año te juegas gran parte de la producción (pudiendo perder un 50% o un 70%), la cosecha marca muy mucho el vino. Y cuando una cosecha es buena, hay que celebrarlo y valorarlo.

Pocas añadas han resultado ser míticas y, más aún, dependerá mucho de la región vitivinícola.

De modo que cuando todo parece indicar que este año va a ser excepcional, no podemos perder la oportunidad de coger la mochila y comprobarlo in situ, región a región.

Cava

CAVA

Empezaremos en el Alto Penedés, en tierra de uno de los vinos españoles más internacionales: el Cava. Y es que su condición como espumoso de calidad, obliga a tener unos preceptos en la vendimia muy particulares: alta acidez y bajo potencial alcohólico. Curiosamente dichas condiciones se dan cuando adelantamos la vendimia unas semanas por delante de la normal: si este año para elaborar un vino tranquilo se empieza la a mediados de agosto, para elaborar cava, hemos tenido que adelantarnos hasta principios del mismo mes.

Situémonos: tercera semana de septiembre del 2015, Sant Sadurní d’Anoia. Los lánguidos raspones cuelgan despojados de sus uvas en las cepas comarcales, cicatrices de una vendimia mecanizada. Con prácticamente todas las uvas vendimiadas para la elaboración de Cava, tan sólo se resisten a entrar en bodega las últimas Parelladas (las más altas) y la Trepat, que irá destinada con toda probabilidad a la elaboración de rosado.

En bodega algunos depósitos ya han fermentado, otros están tumultuosos y algunos aún se encuentran llenos del dulce mosto. Pero esto es Cava, y la bodega nunca para. Pupitres y giropaléts se alternan para culminar con el degüelle de añadas pretéritas a la espera de que la nueva cosecha reemplace su sitio en la penumbra saturniensa.

Mientras, en un frío laboratorio se especula con el germen de la nueva generación de cavas: levaduras y análisis químicos determinarán las necesidades de una muy buena cosecha pero cuyo déficit de acidez manifiesta el principal problema de la región. Para paliar este inconveniente, agudizado sin duda por el temido cambio climático, se están “subiendo” las viñas buscando mayor frescura.

Priorat

PRIORAT

Eclesiástica y revolucionaria, la región cosetana sin duda es sinónimo de vinos de calidad y de “alta expresión”. Esta pequeña D.O.Q. culmina la sierra de Montsant, que da nombre a la D.O. cuyos viñedos son un preludio de los que producirán vinos tan cotizados como escurridizos.

Situémonos: tercera semana de septiembre del 2015, Gratallops. Estamos en plena entrada de uva. Las bodegas son un bullicio de tractores, cajas y mesas de selección. Las despalilladoras trabajan a pleno rendimiento mientras los primeros depósitos arrancan la fermentación.

No menos intensa es la escena en viña, donde las espalderas facilitan la labor a los operarios que extraen los racimos con el mimo que se merecen: con rendimientos inferiores a 6.000 kg/ha, no les queda otra.

Pero hay viñedos vacíos, sin gente, con cepas octogenarias que se abren paso entre la licorella y que tendrán que esperar aún para ser vendimiadas. Su disposición en colinas, así como su conducción en vaso, va a dificultar más su recolecta, pero su preciado fruto bien merece el esfuerzo. Hablamos de los estimados “costers”. Este tipo de conducción y marco de plantación ancestral es, curiosamente, el que se está empezando a implantar en los nuevos viñedos, sinónimo de búsqueda de la máxima calidad.

Las variedades blancas como la Garnacha o la Macabeo, ceden el protagonismo en la región a las tintas Garnacha o Mazuelo así como a otras foráneas como la Cabernet Sauvignon o la Shyraz.

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SOMONTANO

La región prepirenaica, muestra todo su esplendor entre los 350 y 650 metros de altitud. Una amalgama de suelos y variedades confiere a la región un surtido de vinos y posibilidades indudablemente divertido: Moristel, Pinot Noir, Tempranillo, Merlot, Garnacha Blanca, Macabeo, Gewürztraminer… y así hasta un surtido de 14 uvas plantadas en suelos compuestos desde arcilla hasta caliza, contando habitualmente con material aluvial en su superficie.

Situémonos: tercera semana de septiembre del 2015, Barbastro. Con prácticamente toda la uva en bodega, por las noches aún se pueden ver grandes focos iluminando los viñedos en los que los vendimiadores trabajan apremiando la labor. Las suaves temperaturas posteriores al ocaso o previas al amanecer, salvaguardarán los delicados aromas de las uvas blancas.

En bodega el fruto de los viñedos de bajura ya lleva tiempo fermentado. Los remontados se acaecen depósito tras depósito mientras las barricas vacías esperan su turno para domar al vino trasvasado.

Destacables por su calidad, y aún por recoger, están las uvas de cepas centenarias entre olivos y almendros en el recóndito valle de Secastilla, recuerdo de una forma de cultivo de subsistencia, donde el suelo parece sembrado de guijarros de origen glaciar.

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TORO

Quizás una de las regiones españolas con mayor arraigo vitivinícola. Hasta hace 20 años era imposible hablar de los vinos de Toro sin hablar de Galicia y viceversa. Históricamente nuestras regiones han estado vinculadas por la compra de uva y/o de vino para fortalecer los endebles y acidulados tintos gallegos. Pero que nadie se escandalice, esta práctica tan indecorosa (necesaria en un tiempo) ha sido ejecutada por otras muchas regiones durante siglos, sucumbiendo a ella incluso la glamurosa Bordeaux.

Los que antaño fueron vinos recios y alcohólicos, actualmente se han refinado proponiendo elaboraciones más elegantes, pero sin perder el carácter indómito de la Tinta de Toro.

Situémonos: tercera semana de septiembre del 2015, Toro. Nos encontramos con gran parte de la vendimia en bodega mientras que los viñedos más antiguos empiezan a ser despojados de sus racimos. Generalmente plantados en suelos pobres de arcilla y cantos rodados, su veteranía hace renquear la madurez de las uvas, coincidiendo incluso con la lignificación del racimo. Resulta sorprendente ver cómo los operarios más diestros, son capaces de extraer los racimos con sus propias manos, sin ayuda de tijeras.

Entre los vasos griegos aún de color verde y algo fatigados, se encuentran ejemplares dramáticamente afectados por la yesca, cebándose especialmente con los ejemplares de mayor edad y mermando las producciones.

En bodega los bazuqueos y remontados se alternan para facilitar la pigmentación del vino y evitar excesivas reducciones. La técnica usada: desde bazuqueadores manuales hasta mecánicos, pasando por la introducción del cuerpo entero de los propios operarios.

En definitiva, un año en el que enólogos y viticultores de las distintas regiones coinciden en manifestar su alta calidad: uva sana y equilibrada, donde los primeros ensayos han demostrado que la añada 2015 va a ser muy divertida.

Sólo el tiempo dirá si esta cosecha pasará a la historia como una más, o si podremos incluirla en el exclusivo registro de añadas míticas.

 Luis y Alejandro Paadín Cara-w

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