Ni el mismísimo Ken Follet sería capaz de pergeñar un argumento histórico tan fortuito, como sugestivo. Esta historia, como casi todas las buenas, está basada en antiguos relatos, fábulas seculares que se han ido acrecentando a los flancos pirenaicos y que aliñaremos con pequeñas dosis de realidad histórica.

Tendremos que desplazarnos hasta la Francia altomedieval (mediados del S. VIII) para vislumbrar el germen de este curioso “hermanamiento dinástico”. En ese momento París pierde su condición de capital del reino en favor de Aquisgrán por orden del nuevo rey: Carlomagno. El futuro emperador tenía una hermana llamada Gisela que había dedicado toda su vida a la religión: en su infancia como fiel devota, ya de adulta como monja en la abadía de Chelles (a escasos kilómetros al este de París).

Según cuenta la leyenda (y obviando flagrantemente el encuadre de fechas), Roldán, el gran Paladín de Carlomagno, era hijo de la piadosa hermana del emperador, la cual estando recluida en la abadía debió dar a luz a su hijo en los arrabales parisinos. Este héroe se acabaría presentando como el guerrero francés por antonomasia, una suerte de Cid Campeador galo; prueba de ello son las innumerables leyendas y cantares en su nombre, del que destaca el poema épico El Cantar de Roldán.

Y es precisamente este poema, importantísimo en la cultura latina, el que relata la última gran gesta del caballero francés, cuando un 15 de agosto del 778 una coalición de vascones (probablemente con musulmanes) diezmó la retaguardia del ejército de Carlomagno, estando comandada por Roldán, líder también de los 12 paladines del emperador. Tras el fallecimiento del gran héroe franco, sus restos son trasladados hasta la basílica de Saint-Romain en la ciudad de Blaye, donde nace el Estuario de La Gironde.

Pero independientemente de su fervor bélico, Roldán también tenía un lado más carnal y aquí la leyenda pasa a nuestras manos, cuando D. Álvaro Cunqueiro en el relato de “La Botica de Aquisgrán” en su obra “TERTULIA DE BOTICAS PRODIGIOSAS Y ESCUELA DE CURANDEROS” narra lo siguiente:

“…Como es sabido, Roldán tuvo amores con una sirena que andaba de Génova a Rosas, la cual no osaría destruir al paladín, y por no aparecer deshonrada ante sus gentes, salió al océano y parió en playa de isla gallega un niño, que, por hijo del Paladín Roldán, fue conocido por Palatinus, palabra que en galaico es Paadín y Padín…”

De esta manera, 40 generaciones después, los Paadín estamos vinculados no sólo al gran héroe francés, sino también a la ciudad de la región de Bordeaux donde descansan sus restos. O al menos así era hasta que en el S. XVII, la basílica que custodaba los últimos vestigios del gran Paladín es destruida para la construcción de una de las grandes obras militares de la época: La Citadelle de Blaye.

La situación estratégica de Blaye fue fundamental para defender la entrada al puerto de Bordeaux, un hervidero de mercancías que iban y venían, sobre todo el Clairet que volvía locos a los ingleses. Bien pensado, no creemos que a nuestro “antepasado” le hubiese preocupado que mancillasen su sepulcro para salvaguardar uno de los bienes más preciados de su tío: el vino. Este artículo es tan estimado en la Citadelle, que en una de sus atalayas se encuentra el viñedo conocido como Clos de l’Echauguette el cual, al ubicarse en la fortaleza, se puede categorizar como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Por supuesto, esta pequeña plantación no es más que simbólica, ya que las escasas 1.000 botellas que producen anualmente, representarían una gota en el océano de vino que se transfería en barricas desde el puerto de Bordeaux al mercado inglés y neerlandés.

La Citadelle no es un rara avis, ya que gran parte de las monumentales obras civiles y militares de la región se corresponde con los siglos XVII-XVIII, coincidiendo con el comienzo de la Edad de Oro de Bordeaux tras anexionarse a la corona francesa en 1653. Durante estos siglos, el puerto de Bordeaux se acabó consolidando como el más importante del reino, siendo el vino uno de sus ejes de negocio. Su vínculo con el mercado inglés ya era centenario (Aquitania formó parte de la corona angla durante siglos) manteniendo una tensa relación supeditada más a la arbitrariedad de los gobernantes que a los intereses comerciales; pasando del aperturista Jacobo II al francófobo Guillermo III en apenas 3 años. Durante 16 siglos, los négociants bordeleses habían llenado los almacenes de las tabernas londinenses, llegando incluso a crearse mitos en torno a determinados Châteaux. Uno de los grandes pioneros en este sentido, fue Arnaud de Pontac, quien revolucionó la forma de vender los vinos de Bordeaux ante el aumento de competencia en su mercado más fiel (Londres) debido a las nuevas rutas comerciales y productos exóticos (té, café, chocolate, otros vinos…) importados por la todopoderosa flota neerlandesa. A partir del 1660, el ingenioso Arnaud se dedicó a promocionar su vino no como un Bordeaux más, si no a vender su finca como marca particular, llegando a pagarse por una botella hasta 3 veces más que por cualquier otro vino bordelés: nacía Château Haut-Brion. Este arquetipo sentó un precedente en la zona, siendo emulado por compatriotas, desarrollando así el modelo de Châteaux que conocemos hoy en día.

Pero no podemos hablar de la edad dorada de Bordeaux sin mencionar a los mercaderes neerlandeses. Aunque más discretos históricamente que otras potencias europeas, el liberalismo holandés frente al mercantilismo reinante convirtió a la flota comercial neerlandesa en la hegemónica durante casi todo el S. XVII. Esto creó unos fuertes vínculos con Bordeaux, que pasó a ser uno de sus grandes abastecedores de vino. Un claro ejemplo de esta unión comercial es el drenaje de la marisma alrededor de Médoc, para proveer de nuevos terrenos sobre los que plantar viñedo, que llevaron a cabo los ingenieros hidráulicos de los Países Bajos (los mejores del mundo en aquel momento). Tal era la autoridad neerlandesa sobre los négociants bordeleses, que a partir de 1647 impondrían las tarifas de precios según su criterio de calidad: los sauternes en la punta de la pirámide, en segundo lugar los palus oscuros (los suelos fértiles drenados por ellos mismos) seguidos por los palus más bastos y, finalmente, los clairet (quizás más cotizados por los ingleses).

Este trajín de mercancías obligó a las autoridades competentes a defender a sus comerciantes y productores, estableciendo diversos bastiones militares y de vigilancia. Siendo la de Blaye la más importante de la zona, en la orilla derecha del Gironde y del Dordogne encontramos más Citadelles, como la de Bourg, de la que toma el nombre el gran concurso de la región de Bordeaux y uno de los de mayor nivel en el mundo del vino: Les Citadelles du Vin. Su impronta no se debe tanto al número de muestras, ni de catadores, ni siquiera a lo mediáticos que más o menos seamos quienes valoremos los vinos presentados. La grandeza de este concurso es la disciplina y el perfil técnico de quienes conforman los paneles de cata. Con ello han logrado que tras 17 años de rigor, la media de vinos presentados supere cualitativamente la de concursos similares.

Llevamos más de 3 ediciones consecutivas asistiendo a este evento tan significativo que acoge la comuna de Bourg y cada año es como la primera vez: nuevos catadores, nuevas herramientas de cata, nuevos vinos internacionales… Citadelles du Vin recoge, en cierto modo, el guante arrojado por los antiguos comerciantes ingleses y holandeses y concentra en dos jornadas algunos de los mejores vinos del mundo en la ciudad que revolucionó el comercio vinícola internacional: Bordeaux.

Es, sin duda, un evento para juntarnos compañeros de todo el globo alrededor de una copa de vino y brindar por Citadelles, el vino y nuestro adalid Roldán.

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