“El cambio climático puede llevarse por delante la viticultura de toda una comarca”

En Mandín, un pueblo de la “raia”, nos encontramos con Xico, propietario  de la Adega Couto Mixto. Heredero de la agricultura biodinámica que se practicaba en muchos lugares de Galicia hace más de 40 años,  Xico sigue confiando en los consejos de su abuelo, del que aprendió a amar las viñas, para elaborar unos vinos que cada año sorprenden por su intensidad y su expresividad. Aunque tiene una producción limitada, varios locales de  Santiago, Ourense y Vigo  cuentan con el Couto Mixto, blanco o tinto, entre sus vinos preferidos. 

Hábleme de la historia de la bodega, de Couto Mixto 

La idea de Couto Mixto nace allá por 2004. Yo era “tasqueiro” y hacía vino para la tasca, para chatear, en un tiempo en el que aún estábamos trabajando para conseguir la Denominación de Origen Monterrei. Finalmente en 2006 di el paso para dedicarme de lleno a la actividad que más me enamora, elaborar vino, y pasé de “tasqueiro” a bodeguero.

¿Por qué el nombre de Couto Mixto, nostalgia del pasado ?

Soy “raiano”, vivo a caballo de ese país que se llama Portugal pero que para mí son mis vecinos, así nos consideramos aquí, ni gallegos, ni portugueses. Es un espacio libertario, entre dos estados con distintas leyes, donde el contrabando en su momento tuvo su importancia, donde hay dos lenguas que se parecen. Couto Mixto tiene algo de nostalgia, evidentemente. Además, vivo en una zona en la que están los pueblos denominados promiscuos, que eran aldeas que pertenecían a los dos países, incluso había situaciones en las que la raya pasaba por el medio de una casa. Y todo eso trajo que recuperara ese bonito episodio de la República de Couto Mixto porque soy una persona que vive entre dos países, que vive y que siente los dos países como propios, me refiero a Galicia y Portugal. Y nada expresaba mejor ese sentimiento que el Couto Mixto, así que lo elegí como nombre para la bodega y para el vino.

Practica el cultivo biodinámico, ¿era la opción más natural para usted?

Para mí fue muy fácil porque soy nieto de agricultores y viví la agricultura de hace 40 años, que en Galicia era prácticamente biodinámica. Aprendí a arar con mulo con mi abuelo en las viñas, también fue él el que me inculcó  el placer por este trabajo y el respeto por el medio. Así que no fue algo que tuve que aprender en la Universidad, ya lo hacía de pequeño.

En Galicia, hubo una generación que optó por cambiar las variedades autóctonas por otras que dieran más cantidad de uva. ¿Le pasó lo mismo a su abuelo?

He sido un luchador por las ‘castes’ autóctonas, y también tuve la suerte de que mis abuelos decidieran conservar las variedades de aquí. Años después, cuando mi padre volvió de  Alemania, ciertas formas de trabajar la tierra le parecían arcaicas y parte del legado de mi abuelo lo arrancó y lo transformó. La emigración trajo cosas buenas y otras muy malas como la falta de contacto entre un padre y un hijo, y mi padre representaba otro tipo de viticultura y quería imponer su criterio. Yo prefería la forma de trabajar de mi abuelo, pero, evidentemente, mi padre mantuvo su idea de viticultura, respetando eso sí algunas ‘castes’. Ya no está, murió, y yo ahora continúo con la viticultura de mi abuelo, la de mi padre y la mía, porque yo también planté viñas nuevas.

¿Le costó recuperar las variedades que se quedaron en el camino?

Sí, me costó bastante. Otra persona y yo decidimos recorrer el Valle del Támega, toda la comarca de Monterrei, visitando viñedos porque se iniciaba en ese momento un proceso de concentración que lo que iba a traer consigo era un arranque masivo, y conseguimos, después de hablar con gente mayor,  ir visitando y cogiendo Araúxas vellas, Tintos Serodos,  Verdellos tintos, variedades que ni conocía. Y como no las conocía, tocó aprender con un buen amigo mío, Paco Rego, del que sigo aprendiendo a día de hoy. Fue así como hicimos casi un “banco de castes” para evitar que se perdieran. Con todo las variedades que teníamos aquí, es una pena que con el tiempo la viticultura de la zona se fuera simplificando a dos “castes” en blanco y dos “castes” en tinto. En el caso de esta Denominación de Origen me parece muy triste que casi sólo exista como referencia la Mencía y el Tempranillo. Y en el blanco, fue terrible que decidieran matar nuestra variedad estrella que era la Dona Branca, que ahora mismo sólo la mantenemos dos o tres viticultores. Ahora están fomentando la Godello y la Treixadura, incluso el caso del Godello sin respetar el nombre con la que se conocía aquí.

Uno de los viticultores de la D.O. Monterrei enamorado de las “castes” autóctonas es José Luis Mateo, ¿ se conocen?

Claro, incluso nos ayudamos a plantar las viñas. Compartimos un proyecto de castes y una visión y un respeto por la biología, por la tierra y por la viticultura. Él con más éxito, de lo cual me alegro porque creo que está recibiendo todos los éxitos que se merece.

¿Cuántos vinos comercializa su bodega?

Ahora mismo tengo Couto Mixto blanco y Couto Mixto tinto. Hice un vino más, que voy a seguir haciendo, que es Arou, también blanco y tinto. Son las dos marcas que tengo registradas.

Su producción de Couto Mixto es limitada, unos 3.000 litros, creo

Sí, 3.000 de blanco y 3.000 de tinto, aproximadamente, depende mucho del año. Porque a pesar de que ya tengo una superficie considerable, cuatro hectáreas, algunas de ellas son nuevas por lo que tampoco producen  y el año anterior que iba a ser un poco el “boom” en cuestión de cantidad, fue nefasto climatológicamente hablando. Llegaron las heladas y se llevaron por delante el 100% de la cosecha.

Aquí sí que están sufriendo el cambio climático, a diferencia de otras denominaciones de origen gallegas

Sí, es cierto, y creo que llegó para quedarse, que es lo más triste. Esto, a los que trabajamos con la naturaleza como meta  nos va a llevar a cambiar constantemente para adaptarnos. Uno no puede pensar que la viticultura es algo fijo, que los trabajos son mecánicos, hay que estar continuamente pensando en a ver qué hago para obtener el mejor producto con las condiciones climáticas que hay. No sé cómo vamos a hacer para enfrentarnos a este cambio que puede llevarse por delante  toda la viticultura de una comarca. 

En Rías Baixas, en cambio, les está yendo bien 

Sí, porque esos grados más secos contrarrestan esa humedad del Atlántico  y se están consiguiendo maravillas con los vinos de la zona. Creo que la naturaleza hace más listo al que tiene dificultades, eso espero.

¿Hay alguna característica común a todos sus vinos?

Si hay alguna, es su naturaleza, su sencillez. Me gusta que expresen todas sus variedades, sobre todo el tinto, y que nos cuenten cómo fue el año, si fue seco o más húmedo, quiero que me hablan de la tierra donde se cultivan. Intento que todos mis vinos trasmitan nobleza y creo que son vinos para beber en cantidad. Son muy cambiantes, si ese año me trajo más Merenzao, es la expresión de esta variedad la que va a predominar, esto va a cambiar según el año y eso me encanta.  Que tus vinos hablen del lugar donde naciste es maravilloso, ni Medalla Castelao, ni nada, no hay nada mejor que llevar el nombre de tu aldea por el mundo.

Esos cambios suponen tener que conquistar al consumidor cada año

Sí, pero no me importa arriesgarme, lo hago de buena gana. 

¿Tiene en marcha algún proyecto para sacar un nuevo vino al mercado?

No lo descarto, posiblemente lo haga. Ahora mismo estoy haciendo un vino muy simple, del lagar al inox, porque la madera que utilizaba mi abuelo en la elaboración se dejó estropear. Mi reto es introducir de nuevo la madera, porque los recuerdos con mi abuelo están ligados a la madera de castaño, no tanto a la de roble, que es la tendencia de muchas bodegas. Quiero volver a lo que se hizo aquí tradicionalmente.

 

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