Hace pocos días el Instituto Galego do Viño, entregó sus premios “Magnum do Viño Galego” y, por primera vez, la presencia de mujeres entre las ganadoras no fue meramente anecdótica. Entre las premiadas se encuentran Laura, viticultora y adegueira de una zona tan extrema como el Bibei; Elisabeth, sumiller e impulsora de una de las “catedrales” del vino de Galicia desde su Villalba natal, y la galardonada con el Magnum Honorífico por una vida dedicada al vino desde su balcón sobre el río Miño en la ribeira chantadina, Esther Teijeiro Lemos.

Es curioso como el papel de la mujer en el campo ha pasado desapercibido a lo largo de los años. Galicia es una tierra forjada alrededor del Sector primario. Hombres y mujeres hemos vivido históricamente por y para la agricultura, la ganadería y la pesca y, ya sea por los años de experiencia, o por lo favorable de nuestro entorno, en eso somos objetivamente buenos.

Sin embargo nuestra historia no ha sido fácil. Nuestro pasado habla de emigración, de hombres que cruzaban fronteras atravesando incluso el Atlántico en busca de un futuro mejor, de trabajo con el que sacar adelante a los suyos. Y mientras, la mujer quedaba en casa cuidando de la familia y del campo. Con los años, esa realidad que se percibía en el rural ha cambiado poco y, actualmente, el papel fundamental lo siguen manteniendo principalmente mujeres. Nuestra cultura habla de patriarcado, pero en términos prácticos tenemos una realidad matriarcal, donde un bagaje histórico y la mayor esperanza de vida hace que seamos nosotras las que mantenemos la tierra y es común ver como tareas como la poda o la vendimia se vienen haciendo con manos femeninas en un número igual o incluso mayor que las masculinas.

Entonces, ¿Cómo es posible que el papel de la mujer haya estado siempre tan escondido en sectores como el del vino? Si echamos la vista atrás, vemos que siempre han existido mujeres trabajando en explotaciones familiares, sin embargo, cuando el patriarca moría, la propiedad pasaba a los hijos varones, o incluso a los nietos o yernos antes de que esa responsabilidad cayese en manos de una mujer. De hecho, las pocas referencias que existen de mujeres al frente de explotaciones agrícolas, hablan de mujeres solteras o viudas sin hijos que tuvieron que hacerse cargo de las tierras a falta de un varón que se hiciese con las riendas del negocio. Es por ello que un reconocimiento como el de “La Señora Esther” es tan importante, porque habla de pasado y de futuro, de nuestro ADN y de una deuda histórica con mujeres que como ella se han dedicado en cuerpo y alma al campo, siempre duro y casi siempre en la sombra.

Hace poco leí un reportaje en el que, tomando como hilo conductor la historia de 5 viñeronas, se narraba la revolución que se ha ido fraguando en estos últimos años alrededor del vino. He de reconocer que, en general, esa puntilla “mujeres del vino” o “vino para mujeres”, me chirría enormemente. Decir que el vino es diferente porque está hecho por una mujer, es lo mismo que afirmar que lo es porque su elaborador tiene el pelo rubio o los ojos verdes. Son características ajenas al gusto del productor, a su forma de ver la vida y, por supuesto, a su modo de elaborar los vinos. Y si hablar de elaboración femenina no tiene cabida, no es menos absurdo decir que un vino está hecho para mujeres… Si cualquiera de nosotros encuestase a 10 féminas sobre sus gustos gastronómicos, o incluso musicales o literarios, estoy segura de que se encontraría con un número nada despreciable de respuestas dispares, entonces… ¿Por qué con el vino iba a ser diferente?

Los vinos tienen siempre algo de la personalidad del elaborador y a pesar de lo distinto de cada una de estas 5 mujeres del vino, sí hay un común denominador en todas ellas, y es esa dificultad histórica del acceso a puestos de responsabilidad en las bodegas, de la falta de visibilidad y de la usencia de referentes femeninos en los que verse reflejadas y a las que emular.

Sin embargo, a pesar de ese pasado gris casi negro del que hablo, la lectura de este artículo también me ha hecho reflexionar sobre otra realidad que a mi ver es de lo más estimulante, y es la constatación de un cambio real en el panorama vitivinícola actual: cada vez existen más mujeres al frente de proyectos, y cada vez su papel tiene mayor visualización. Y esa realidad se ve reafirmada con momentos como el de este fin de semana, cuando en la foto oficial de los premios Magnum, 3 fantásticas mujeres agarraban con orgullo su trofeo.

El futuro es esperanzador, para nosotras por el camino que se nos abre delante, y para el mundo del vino, en el que manos de elaboradores apasionados, hombres o mujeres, rompen día a día esquemas y clichés y enriquecen nuestro Sector.

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