Caminamos a modo, aparentemente sin destino fijo, a través de los días que se suceden tapizados de colores, buscando un Más Allá que dicen inalcanzable para nosotros. Pero nos emocionamos… vamos por el camino cierto.

Hay vinos que son puro jugo de bagos de caste y de casta, sin clonaciones ni posteriores operaciones de cirugía, como las otras fácilmente identificables, que enmascaren su autenticidad. Intervenciones que, por el contrario, aumentan los deseos de lo más natural, de la ingesta suave o tumultuosa, como vibrante manantial o como ola rompedora, cascada de voluptuosas sensaciones en el paladar, de la tierra, de su suelo, de la vida iluminada por un sol resplandeciente, regulada por la luna, las estaciones, moldeada y alimentada por la lluvia, el aire del viento y las formas del paisaje.

Hay vinos que son puro goce de sensaciones, vehículo de ensoñaciones, evocaciones de recuerdos o de deseos. No creados para ser puntuados ni descritos en frías fichas de cata, ni tampoco para ser clasificados en guías mercantiles. Porque el placer de un vino, su degustación más intensa, está relacionada con lo emocional.

Hay vinos que merecen el desate emocional y verbal, la conversa placentera, el abismarse en la dicha de los tragos innumerados, en la inconsciencia de lo instintivo, para liberar los impulsos, para romper las barreras y que se multipliquen los contactos, cuando los roces y luego las caricias nos liberen de sueños, entonces una copa manchada de vino, una botella vacía y el corcho caído…

En su busca nos encontramos, en el más allá que se acerca con confianza, afinando los sentidos en la procura del lugar, real o imaginario, donde el vino sea quien de llevarnos, mientras sentimos y retornamos a los paisajes, a sus escenarios naturales, con las frutas todas en su camino de simples bayas hasta concentrarse en si mismas, con tantos colores coma las flores, los verdes de mil tonalidades, del frescor más brillante hasta quedar apagadas bajo un sol impenitente, la campiña, los campos secos, la huerta, los matorrales, el bosque atlántico o el mediterráneo, un oasis, un vergel, lo rocoso. Las rías, siempre las rías…los mares del sur o del norte, el frescor de las caras norte o la melosidad y dulzura de los sures.

Vendrán porque los buscaremos, más naturales y menos industrializados, o como deseen llamarlos. Esos de gusto uniforme, que dejan de saber por la distancia que le impusieron de la raíz, que les separó del origen, ajenos a los diferentes anos climáticos. Volvemos al gusto que nos hurtaron, al artesano de elaboraciones limpias y definidas, que respeta las esencias de los bagos, con una viticultura de respeto.

Una sonrisa apareció y ya no va a marcharse. Latiendo, caminando, escuchando la vida, el crujir de las pedriñas en cada paso, cegado por el blanco resplandeciente, por la hierba brillante, el verdor mullido de las alturas, acariciado por los aires de diferentes nombres. Coma cara limpia, como la luz natural que ilumina la Emoción.

Sobre El Autor

Antonio Portela

Asociación Gallega de Sumilleres

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