Juan Manuel Casares Gándara, Presidente del CRDO Ribeiro y de la Asociación Ruta do Viño do Ribeiro

 

Hubo un tiempo en el que hablar de Galicia era hablar del Ribeiro. En mi caso, si vuelvo la vista atrás como Balbino, aquel niño gallego que tenía memoria, puedo recordar mi niñez y las reuniones con los amigos de mis padres, el vino de los domingos antes de comer o las fiestas de Navidad; un baúl lleno de recuerdos ligados a una palabra: Ribeiro. 

Años después, inmerso en mis lecturas galleguistas, encontré un artículo de 1956 en el que don Ramón Otero Pedrayo escribía: “El Ribeiro territorio y concepto son inseparables del Ribeiro vino”. Según nos contó alguno de sus compañeros y amigos, concretamente don Florentino López Cuevillas, al Patriarca de las letras gallegas le gustaba contemplar el paisaje ribeirán y es casi seguro que aprovechaba para objetivar la comarca. Como oteriano confeso que soy, lo imagino apoyado en el pretil de la solana en su Casa Grande de Cimadevila, en Trasalba, haciendo un análisis pormenorizado del espectáculo que se le presentaba delante de los ojos. En su pluma todos los elementos del paisaje ribeirán tomaron vida y modelaron el escenario histórico de lo que Galicia pudo haber sido pero finalmente no fue: los pinos galleguistas, los castaños hidalgos, el ciprés eclesiástico o el camino rural; todas ellas máximas expresiones del espíritu tradicional gallego que se diluyó en la larga noche de piedra. Sin embargo tal ejercicio le permitió no solo construir una teoría nacional de Galicia sino que le dió la oportunidad, no sabemos si queriendo o no, de definir, posiblemente por primera vez, el  terroir  ribeirán.

Como presidente de la Asociación Ruta do Viño do Ribeiro quiero recoger, aquí y ahora, el testigo de aquella segunda intención no confesa del ilustre galleguista y hablar de esta tierra desde el punto de vista del concepto, del territorio y del vino; esa tríada perfecta que se repite empecinada en el recorrido de nuestra historia y que hoy adquiere todo su sentido. En este mundo lleno de “enociones ribeirás” siempre hay un margen amplio y permisivo con la dulce ensoñación y la capacidad de fabulación mística del gallego.

En primer lugar hablemos del vino Ribeiro; el vino de Galicia durante siglos. Yo diría incluso, el vino nacional de Galicia durante muchos pasajes de nuestra historia. Un producto que representa una esencia de vida; una forma de humanizar el terreno, una manera de jugar con la climatología y de poner en valor el rico patrimonio vegetal que representan nuestras variedades autóctonas, “as nosas castes”. Sobre todas ellas reina majestuosa la Treixadura. 

A estas alturas del artículo le pido al lector que se quede, por favor, con dos ideas iniciales: por una parte que seguramente fue un ribeirán el inventor del término calidad; por otra, que beber un Ribeiro es un acto religioso, o casi religioso, y constituye la materialización de la íntima comunión del catador con una tierra diferente, única y secular.

Parafraseando a Henri Bergson, el vino es nuestro élan vital; ese impulso de vida que dirige nuestro desarrollo y nos hace evolucionar como sociedad históricamente vitivinícola. Así, una copa de Ribeiro rebosa sabores pasados anclados en el imaginario colectivo, expresa los colores vivos del presente y anuncia los aromas prometedores del futuro. Sea como fuere no es mi intención descubrirle aquí al lector el valor de nuestros blancos, considerados entre los mejores del mundo; ni anunciar la promesa substanciada  todos los días de nuestros tintos. Tan siquiera me atrevo a recordarle nuestra joya más preciada: el vino Tostado; esa bebida secular que define en cada trago el valor exacto del concepto de tradición y es testimonio vegetal de la nobleza de esta tierra. Le animo a que pruebe un Ribeiro y observará como no precisa de interlocutores pues él siempre habla por sí mismo.

En segundo lugar refirámonos al territorio. Un paisaje eterno entre los valles de tres ríos: el padre Miño y dos de sus hijos, el Arnoia y el Avia. Y como complemento imprescindible, una consecución hidalga de montañas, riberas y bocarriberas con un elemento común: una base sólida en el granito, la roca simbólica y esencial de Galicia; un arjé fundamental que adquiere su máxima calificación productiva en el sábrego, ese suelo nutricio para nuestras vides que se expresa a través de la mineralización de los vinos.

Un territorio hecho a sí mismo a lo largo de los tiempos donde el agua reza, el vino habla y la piedra calla; un tapiz sobre el que asentaron distintos pueblos durante su trayecto vital. Le adelanto al lector que por aquí pasó mucha gente y que todos dejaron su huella profunda en forma de castros, lagares, monasterios, prioratos y pazos; todo un patrimonio arquitectónico y cultural difícilmente superable. Las ruinas de Lánsbrica, el Lagar de Santa Lucía, el Monasterio de San Clodio, los Pazos de Arenteiro o el Castillo de los Sarmiento; todos ellos son ejemplos que anuncian el amplio abanico de la riqueza cultural de esta tierra, o como afirma el profesor Sobrado, son muestras del patrimonio arquitectónico ligado al vino más importante de la Península Ibérica.

Y deseo ir más allá afirmando que si alguien necesita una cura de humildad, y sentirse pequeño delante de la gran obra de la naturaleza, yo le recomiendo que se asome al Mirador de San Cibrao; le garantizo que desde allí podrá contemplar el espectáculo del amanecer de un territorio convertido en motor económico de una comarca que lucha a diario contra su declive.

En último lugar hablemos del concepto. El Ribeiro para mí es mucho más que vino; es historia, es tradición, es una forma de vivir pegado a la tierra, es la matria que nos vió nacer y crecer o que nos adoptó en su seno. La denominación vitivinícola más antigua de Galicia, y una de las veteranas de España, constituye una suerte de comunidad imaginada tal y como la podría definir el politólogo Benedict Anderson. Representa un grupo humano conformado por viticultores, bodegueros, técnicos, prescriptores y consumidores, en el que aunque no nos conozcamos todos sabemos que somos muchos, quizás millones, ligados por un lenguaje común: un vino con características diferenciales respecto a otros productos equiparables en Galicia, en España y en el mundo. 

El Ribeiro es diferente y único, no solo porque nosotros lo sintamos así, sino porque, además del vino, poseemos elementos de juicio suficientes para sustentar esa afirmación: la figura singular del colleiteiro, una historia dorada y tradiciones seculares transmitidas de generación en generación. Esta comarca es uno de los pocos rincones que quedan en pie y que recuerdan a aquello que un día se llamó la Galicia tradicional, esa Galicia que intentaba sobrevivir delante del asedio de una modernidad materialista y uniformizada.

Quiero resaltar hoy aquí un elemento diferencial que ni los tiempos ni las modas nos podrán arrebatar nunca: nuestra historia. A este respecto yo tengo claro que una cosa es contar una historia y otra bien distinta es tener historia; y el Ribeiro posee un largo recorrido por el camino vital. El Ribeiro ha sido y es un eterno caminante por la senda de la historia; un continuo sorteador de esas encrucijadas que representan las preguntas a hacer, las decisiones a tomar y los retos a superar. Ha entendido que si la tierra quiere pueblo, el pueblo también necesita a la tierra; por esta razón siempre se ha levantado en los malos momentos como el gigante Anteo que recobraba su fuerza en el contacto con el suelo.

En cualquier caso, obviando lo que dejó escrito Estrabón, lo cierto es que Roma nos impuso el águila pero también nos dejó los sarmientos. Basta con leer De Agri cultura del ilustre Marco Porcio Catón, Catón el viejo, para saber que el oficio de la tierra era considerado por los conquistadores cómo una ocupación digna de patricios. Por esta razón no resulta extraño que la romanización, ese proceso de asimilación cultural de los conquistados, derivase en un impulso al cultivo de la vid, en la democratización del consumo y en el principio del comercio con el vino elaborado en nuestros lagares líticos.

Las grandes órdenes religiosas, bajo el lema benedictino del ora et labora primero y la austera regla del Cister después, purificaron nuestro alma, impulsaron la viticultura, cohesionaron el territorio y nos dejaron un rico patrimonio arquitectónico y artístico tanto románico como barroco; unas manifestaciones del arte que representan el genio gallego escrito en piedra. Afortunadamente el abad Pelagio nos dejó testimonio de toda esta acción eclesiástica en el documento donde reflejó sus últimas voluntades.

Entre los siglos XVI y XIX la explosión económica del vino Ribeiro llenó nuestro territorio de pazos liderados por la verdadera aristocracia rural de Galicia, los fidalgos, aquellos señores de la tierra que tan bien narró Otero Pedrayo. Recordemos que este territorio fue apodado como la Castella auriense puesto que toda familia u orden religiosa con cierto poder tenía alguna bodega en el Ribeiro para su consumo y comercio. Incluso data de esta época un documento que puede ser considerado como la primera regulación sobre la calidad un vino y su comercio, emitido en la villa de Ribadavia.

Más tarde los arrieiros, otros incansables caminantes, difundieron poco a poco, y al ritmo de su cantar, nuestro Ribeiro por toda Galicia: El impulso comercial de Santiago de Compostela no se explica sin el producto que, por la puerta de Mazarelos, entraba en la villa simbólica de Galicia; ni los puertos gallegos, por la vía de Pontevedra, aumentarían su comercio ultramar sin nuestro vino.

Para finalizar, el Ribeiro es una obra de siglos y que, por lo tanto, nos trasciende a todos los que estamos aquí. Constituye un patrimonio material e inmaterial que en algún momento debería ser reivindicado. Esto es algo que hemos entendido perfectamente desde la “Asociación Ruta do Viño do Ribeiro” y por eso hemos establecido alianzas con otras entidades del territorio para establecer un frente común por esta comarca, alejándonos de ese sambenito secular de nuestra individualidad. Junto al Consello Regulador de la Denominación de Origen Ribeiro, al Xeodestino O Ribeiro-Carballiño, y con la ayuda de la Diputación Provincial de Ourense, durante el año 2019 pretendemos potenciar este territorio como destino turístico con una marca clara y expresa: “El camino del vino. Ruta do viño do Ribeiro”.

A pesar de ser adoptado, hoy aquel niño de los recuerdos con el que empecé este artículo tiene la oportunidad de ser uno más dentro de la gran familia ribeirá. A estas alturas soy consciente de que presidir el Consello Regulador y la Ruta do Viño do Ribeiro es algo más que gestionar unas entidades: es una oportunidad única de vivir la historia.

Desde esta ventana que me abre la revista Cepas y Vinos quiero lanzarle al lector un reto: atrévase a visitarnos; apueste por conocernos. Seguro que entrará en un mundo insospechado de emociones y  enociones difícilmente superable por que le permitirá conseguir algo que no se encuentra al alcance de cualquiera: Hacer una voltereta en el tiempo y sentirse protagonista de la historia.

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