«El vino que me gusta debe transmitir algo, más allá de que esté técnicamente bien hecho, debe tener alma»

 

Andreas Kubach (Frankfurt, 1971) es Master of Wine, pero también es mucho más. Fundador junto con otros dos socios de la empresa Península Vinicultores, Kubach, afincado en España desde los 15 años, se cruzó un día con el mundo del vino por casualidad  y esa circunstancia fortuita se ha convertido en su gran pasión. Incondicional de los vinos que trasmiten la esencia de su “terroir”, asegura que Galicia es un claro ejemplo de vinos con alma y no descarta embarcarse en un proyecto en tierras gallegas, “si surge la oportunidad”. Por el momento, Cuenca, Sierra de Gredos, Sierra de Gata  y La Rioja acaparan su tiempo y dedicación.

 

¿Nació en Alemania pero lleva muchos años viviendo en España, a estas alturas se considera más español que alemán o simplemente ciudadano europeo?

Las tres cosas, no podría decidirme por una de ellas. En Alemania dicen que parezco español, aquí me dicen que parezco alemán… La verdad es que llevo más de 30 años en España, tengo los dos pasaportes y aunque es cierto que el acento nunca me lo quité de todo porque vine con 15 años, toda mi trayectoria profesional en el mundo del vino y la mayor parte de mi vida la he pasado en España.

¿Qué fue lo que le trajo a este país?

Mis padres son de origen alemán pero cuando yo nací vivían en Francia, después se mudaron conmigo a Brasil y a España vinimos por un tema de trabajo de mi padre, que se dedicaba a gestionar compañías en crisis. Como te dije, yo llegué a España con 15 años, concretamente a Valencia y después me fui a Madrid a estudiar. Volví brevemente a Alemania para trabajar después de la Universidad, no me gustó nada y cuando regresé a España empecé a trabajar en  el mundo del vino, en Valencia, casi por casualidad.

¿Y cómo surgió esa relación con el sector del vino?

Fue por casualidad, yo venía del mundo de la gestión, había estudiado Gestión de Empresas en ICADE, en Madrid,  y lo que a mí me apetecía era trabajar en algo donde pasaran cosas, dirigir equipos  y, sobre todo, tenía mucho interés en la gestión de compañías. Pasé brevemente por Mercedes Benz pero aquello no me gustó, era muy complicado que te dieran responsabilidades. Me enteré de que buscaban un director adjunto para la filial española del grupo suizo Schenk que tenía una bodega histórica en Valencia, fundada en los años 20, y que estaba transformándose de la venta de vino a granel a embotellado. A pesar de no tener experiencia previa en el sector, me contrataron y lo acepté enseguida porque me parecía un puesto fantástico.

En ese periodo tuve la gran suerte de encontrarme con varios mentores. El primer enólogo con el que trabajé mucho fue José Peña, un profesional mítico en aquella época, y con el pasé mucho tiempo en la bodega. Ahí fue cuando empecé a amar el vino, porque si bien el trabajo lo acepté por el contenido, posteriormente surgió, en paralelo, el amor por este mundo. Me di cuenta de que necesitaba conocimientos y empecé a aprender de Enología, de Viticulttura, de elaboración de vinos, del embotellado, entendía que debía formarme.

Y tanto estudió que decidió preparar el Master of Wine

Como era una bodega que empezaba a vender vino embotellado y en aquel momento los vinos de Levante no tenían mucho prestigio, estaba claro que había que exportar mucho. Entré enseguida en contacto con Master of Wine y me impresionó muchísimo. Había sobre todo chicas compradoras, que no llegaban a los 30 años, con las que cataba vinos y lo que más me impresionaba era que su nivel de cata era claramente superior al de los enólogos españoles, estaban a años luz y te decían lo que veían en los vinos y te argumentaban porque les gustaban o no, sabían muchísimo. Seguí en contacto con el Instituto y me planteé un montón de veces sacarme el título, pero no lo hice. Muchos años más tarde, cuando era director general de Marqués de Griñón, vino un grupo de Master of Wine a la bodega, me insistieron en que me apuntara al programa y me decidí, ya tocaba.  

¿Qué le ha aportado este título?

Quizás yo sea una persona atípica porque empecé con mucha experiencia y con una trayectoria digamos que consolidada, así que para mí digamos que el Master of Wine es un poco la confirmación y la consolidación de mi trayectoria previa. Estoy encantado pero no me ha cambiado la vida, sigo haciendo lo mismo, tengo los mismos socios, vendo a los mismos clientes… Sí que el título te aporta un conocimiento extra y la capacidad de meter en un contexto internacional el vino que haces o el vino que vendes. Cuando te dedicas a este mundo, es difícil que entiendas todos los aspectos que engloba el sector, que tengas una visión de conjunto y el Master of Wine te obliga a salir de tu zona de confort, de tu dominio de uno de esos aspectos para poder ver con mayor amplitud. Debes aprender sobre muchas cosas y eso te hace mejor profesional, ya seas vendedor, enólogo, gestor o incluso comunicador.

Creo que el teórico se le dio muy bien, pero el práctico se le atascó un poco…

Es verdad que la parte teórica, utilizando todo el bagaje previo que tenía, fue más fácil. Pero los exámenes prácticos coincidieron con la puesta en marcha de mi nueva compañía, Pensínsula, así que tenía muchísimo trabajo y estaba haciendo las dos cosas en paralelo. El resultado fue que durante la semana de cata me fui desinflando a medida que pasaban los días, no calculé bien el esfuerzo. Cuando finalmente aprobé, me había preparado bien, había descansado, cuidado la dieta. Vamos, como si me preparase para un maratón.

¿Y qué tipo de vinos le gusta beber a Andreas Kubach?

Mi consumo es tremendamente diverso, me encanta tomar casi todo lo imaginable, tanto a nivel de estilo, como de origen, como de segmento de precio. Lo único que busco es que el vino me transmita algo, más allá de que sea un vino que esté técnicamente bien hecho, debe tener alma. Y esa alma suele ser la expresión del lugar, que te traslade y que te diga algo sobre su origen. Los que somos fanáticos del vino solemos buscar eso. En Dinamarca, por ejemplo, están ahora de moda los vinos naturales y aunque hay de todo, muchos de los que se sirven en los restaurantes de Copenhague no hablan de su origen, sino que hablan de un proceso. Expresan más la ideología del que los elabora, que su origen, y aún así los disfruto. Aunque si quiero algo que me llene  a nivel estético e intelectual, que vaya más allá del disfrute momentáneo, necesito que el vino tenga una esencia de “terroir”. 

Volviendo a los vinos de España, usted dice que este país ha vivido dos revoluciones, una tecnológica en los 80 y una ahora mismo relacionada con la búsqueda de vinos con personalidad, con la recuperación de variedades. ¿Dónde empezó esta revolución?

Hay muchísimos lugares. Sin ir más lejos, y ya que tu revista es gallega, Galicia es un ejemplo buenísimo de esta revolución, y es una región que ha conseguido reivindicarse en el mundo gracias a esas variedades autóctonas. Canarias también está siguiendo este camino y en Cataluña  hay varias líneas de trabajo en este sentido. También es algo que se está viendo, por fin, en Rioja, a pesar de que las grandes zonas comerciales tienen como más inercia, pero hay un grupo de gente en Rioja, entre los que nos queremos contar, que estamos haciendo o buscamos vinos con una identidad clara de su origen. Creo que en casi toda España se está dando esta revolución que creo que obedece más a la actitud que a la geografía. 

Hábleme de Península Vinicultores, el proyecto que fundó con otros socios

Península nace cuando nos juntamos varios amigos que llevamos muchísimos años en esto y que poco a poco nos damos cuenta de que compartimos criterios y valores, y que estamos de acuerdo en la visión de hacia dónde debe ir el mundo del vino. Siempre hablábamos de hacer algo juntos y al final en una cena decidimos que era el momento, que era hora de poner en marcha la compañía de vinos que siempre quisimos encontrar y que nunca encontramos. No hablamos  tanto de un edificio como de unas ideas y unos valores que se puedan desarrollar en casi cualquier sitio. Lo interesante de nuestros proyectos es la capacidad de controlar todo el proceso, desde la viña hasta la copa.

¿Cuál fue el primer proyecto que abordaron?

Uno de los socios, Jesús Cantarero, tenía una finca en Cuenca y nos impresionó mucho el viñedo y la zona. Nos dimos cuenta de que tenía un gran potencial para hacer cosas muy bonitas y muy sostenibles, y como era una finca bastante grande, nos dedicamos más de tres años en exclusiva a este proyecto. Una vez que lo tuvimos claro, fuimos ampliando actividades y ahora estamos con un tema en la Rioja alavesa, un lugar nada casual. Desde el principio tuvimos la inquietud de hacer algo en una zona como esta, con cierta tradición de vinos de estilo, que son maravillosos, pero que no son vinos que hablen de un viñedo sino de un proceso artesanal muy valioso. Mis socios y yo teníamos claro que en Rioja había un gran potencial para hacer vinos distintos y durante años estuvimos buscando el sitio y la bodega adecuados y después de varios intentos que no llegaron a buen puerto, encontramos esta  bodega en Villabuena de Álava.

¿La experiencia en Cuenca fue importante en este nuevo proyecto?

Sí, porque en esos primeros años también aprendimos que hacía falta un socio local que entendiera perfectamente el territorio. A través del cocinero Eneko Atxa, del Restaurante Azurmendi, conocimos a su tío, Gorka Izagirre y nos pusimos a buscar todos juntos el sitio ideal para hacer ese perfil de Rioja que queríamos. Encontramos esa bodega en Villabuena, que estamos reformando totalmente, que entre viñedo propio y contratos tenía unas 80 hectáreas de viñedo viejísimo, de lo mejor que hay en Rioja Alavesa. Desde luego si me dices hace 15 años que me iba a encontrar con ese escenario en el corazón mismo de la zona vitivinícola más prestigiosa del país, te hubiera dicho que era imposible. No puedes hacer un vino económico con viñas de 80 años porque jamás en la vida te van a salir las cuentas, es inviable. Así que cuando encontramos esta bodega, ya no tuvimos que buscar más.  La primera añada que obtuvimos fue la de 2018 que sacaremos en unas semanas, y la del 2019 es la añada que ya pondremos al mercado con toda la bodega reformada.

¿Y qué papel tiene Península en esta bodega?

Península es la gestora integral del proyecto, es la directora de viticultura, la de enología, la directora comercial y la responsable financiera. Gestionamos directamente la bodega desde la viña hasta la copa, todo el proceso. Eso ya lo hemos hecho en Cuenca, ahora en Rioja, y luego hacemos vinos a escala un poco menor en varios sitios. Elaboramos unas Garnachas centenarias en la Sierra de Gredos y tenemos otro proyecto muy chulo en la Sierra de Gata, a 10 kilómetros de Portugal, entre otros.

He leído su manifiesto y en él hablan de vinos perfectos, con cero defectos, ¿la perfección no es siempre atractiva, no cree?

No decimos que buscamos cero defectos, lo que no aceptamos, y esto ya casi como filosofía, es que vinos que no tienen ningún interés intrínseco y que no expresan de donde vienen usen el defecto como excusa de su falta de personalidad. Nosotros pensamos que los defectos casi siempre se interponen entre el  amante del vino y la expresión del lugar 

¿También hablan de elaboración sensible, en qué consiste?

Lo que viene a decir es que el vino más emocional, el que más expresa el ‘terroir’, y para mí como amante del vino, el mejor, es el que maximiza todas esas dimensiones de calidad: la emocional, la cultural, pero también la técnica. Todos los grandes vinos del mundo son técnicamente correctos pero además expresan su lugar de origen. 

¿Qué zona o variedad de Galicia considera actualmente más interesante?

Muchísimas, me cuesta elegir, hay cosas maravillosas en todo el territorio gallego. Si tengo que elegir, en blancos me quedaría con un Ribeiro, que están haciendo vinos espectaculares, y en tintos, probablemente elegiría alguno de la Ribeira Sacra, por lo dramático de la zona y por sus uvas autóctonas. Es muy chulo lo que está pasando ahora mismo en Galicia.

Debido a su empresa, conoce de cerca bodegas de toda España, ¿de qué forma está afectando el cambio climático a nuestros vinos?

Ojalá supiéramos más de este tema. Quizás lo más problemático sean las sequías en la España seca o esa acumulación de años secos. Esto es tremendo porque acorta los ciclos de madurez y, por lo tanto, la capacidad de la viña para expresar un lugar. Por ejemplo, si tienes que empezar a coger uva en agosto, es mucho más difícil hacer un espumoso de alta gama que tenga un interés más allá de la técnica. El aporte principal de agua no puede ser de riego, eso es malísimo. Hay zonas como Galicia que eso se va compensando, pero no dejas de perder una cierta tipicidad, el cambio climático va en contra de ese esfuerzo de hacer vinos que reflejan el origen y la diversidad de España. Pero como te dije al principio aún no tenemos idea de lo que va a pasar. 

¿La relación con un vino se podría comparar a la de las personas, puede darse el flechazo y también un amor que nace con el tiempo con otro más complejo?

Creo que hay muchas formas de relacionarse con el vino, supongo que en eso sí que se parece. Lo que tú puedes apreciar en el vino depende de lo que busques en cada momento, puedes buscar una interacción sencilla, pero hay otras veces que buscas vinos más complejos. También creo que hay vinos con los que surge el flechazo, pero que cada vez que los pruebas descubres cosas nuevas. A mí me pasa, por no decir un vino español, con algún Riesling alemán de alta gama, que son vinos tremendamente resultones a primera vista, pero luego son complejos, muy profundos y van evolucionando en copa. Es un vino que le gusta a casi todo el mundo, pero también es un vino que conquista a los expertos. Creo que depende del momento, es algo que podría comparar con la música o con el cine. 

Para terminar, ¿para cuándo una bodega gallega en Península?

Me encantaría, pero ahora tenemos mucho lío con el proyecto riojano pero si encontramos el sitio, desde luego que nos encantaría. Pero Galicia es muy compleja, con parcelas muy pequeñas, así que hay que esperar la oportunidad y el proyecto en el que nosotros podamos aportar algo. En Península no vamos a un sitio sin más, pensamos muy mucho qué aportamos cuando vamos a un lugar.

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