«Me hubiera encantado montar una bodega en Ribeira Sacra»

 

Es extraño hablar con uno de los deportistas gallegos más conocidos sobre Mencía, Garnacha y viticultura heroica, pero es que el ex ciclista Ezequiel Mosquera es un apasionado de los vinos, a pesar de que él asegura no ser un entendido. Tanto le atrae este mundo que, según nos cuenta en esta entrevista, cuando dejó la bicicleta estuvo a punto de montar una bodega en Ribeira Sacra, una zona de la que se declara totalmente enamorado. Finalmente se decantó por poner en marcha una empresa dedicada a la organización de eventos y ropa deportiva, «preferí dedicarme a algo que conocía», pero no niega que el gusanillo del vino sigue estando muy presente en su vida.  De su etapa como corredor profesional y de los buenos y malos momentos que le dio este deporte nos habla Mosquera en esta entrevista que le hicimos por teléfono en plena crisis sanitaria.

 

¿Cómo lleva el confinamiento, es de los que se aburre o de los que no le dan las horas para hacer actividades varias?

Hago un poco lo que creo que hacemos todos, sobre todo informarme.  También es cierto que antes del confinamiento la vida era un poco estresante para todos, así que estoy aprovechando para hacer cosas que normalmente no hago, que se salen de la rutina. Lo de cocinar, que es a lo que parece que se dedican muchos estos días, no, no es lo mío, pero sí que me dedico a comer lo que hacen.

¿Hace ejercicio en casa?

Antes de que pasara todo esto, salía con la bici tres o cuatro días a la semana. Evidentemente, ahora eso es imposible, así que hago algo de rodillo, que es parecido a una estática pero con tu propia bicicleta. Y menos mal que lo hago porque imagínate comer sin control y hacer cero gasto energético lo que podría desencadenar.

¿Ha visto alguna de las carreras antiguas que emiten estos días en televisión?

Sí y sé que no soy el único porque al parecer esos programas están teniendo unas audiencias tremendas. Eso demuestra la magia que tiene este deporte.

Se están anulando todas las competiciones deportivas, pero por ahora resisten el Tour, el Giro y la Vuelta. ¿Cree que finalmente se celebrarán?

Supongo que de aquí a que se celebre el Tour las cosas tendrán otro cariz. Lo espero y deseo porque en mi empresa nos dedicamos a eventos deportivos populares y si estas pruebas no se celebran, seguramente las que organizamos nosotros, tampoco. Ahora mismo estamos parados, sin ninguna actividad, y coincidiendo con el Tour organizamos el Gran Fondo Ézaro, así que esperamos que en ese momento las cosas estén mejor y que se puedan ir celebrando este tipo de eventos.

Hábleme de sus inicios en este deporte, ¿enseguida se dio cuenta que lo suyo era el ciclismo y no el fútbol?

Lo mío con el fútbol fue una cosa rápida. Enseguida me di cuenta de que no era lo mío porque en las pachangas con los colegas me ponían de portero, no servía para otra cosa. Ya no era tan niño cuando empecé a seguir a Indurain. Hasta ese momento, conocía los típicos nombres de Álvaro Pino o Pedro Delgado, pero no fue hasta que llegó Indurain cuando realmente me enganché.  Tenía 17 años y ahí descubrí mi deporte. Me gustó tanto que decidí que yo tenía que subirme a una bici y ascender los puertos que subía Indurain en el Tour.

No fue una vocación temprana.

La verdad es que no, empecé a competir a los 18 años y, aunque tenía una gran ilusión y muchas ganas, lo cierto es que era una edad en la que ya había chavales con mucho oficio a sus espaldas.

Dicen que hay que estar un poco loco para ser un buen portero de fútbol, ¿y para ser ciclista?

Para enchancharte al ciclismo no hace falta estar loco porque creo que es un deporte que tiene una magia especial y un mucho de épica que fascina. Si hablamos de competir a un nivel profesional, sí que creo que es para gente especial. Me declaro un apasionado del ciclismo, pero la competición es tremenda. Cuando dejé la bici en las circunstancias que la dejé aún era joven, pero realmente estaba cansado de la competición, del nivel de estrés físico y mental que supone. Es algo imposible de explicar con palabras. Salvando las distancias evidentes, yo siempre lo comparo con ir a la guerra. Una Vuelta a España, una competición clásica, te supone tal exigencia diaria que no es fácil de llevar.

Estos días vi un documental de Movistar que muestra una temporada completa de este equipo y me fijé en las caras de los corredores en el desayuno. Estaban todos concentrados, pasmados, pensativos. Yo conozco esa sensación de desayunar y tener la cabeza en la etapa que tienes por delante, siempre pensando en lo que vas a sufrir ese día. Creo que esas caras reflejan perfectamente lo que es el día a día de la bici, de lo tremendo que puede ser el nivel de dureza y exigencia. Evidentemente, es algo que nos gusta, que disfrutas por momentos. Pero madre mía, cómo se sufre. Cuando alguien me dice que es un deporte duro, siempre le respondo que es aún peor.

Este deporte le ha dado grandes alegrías pero también disgustos, ¿con qué se queda Ezequiel Mosquera?

Pese a los malos ratos y los disgustos, tengo el alma de sufridor muy interiorizada. Es como si tuviéramos una capa de resignación que nos hace un poco más fuertes que los demás. Yo siempre me pregunto qué hubiera sido de mí si no me hubiese arriesgado en aquel momento a perseguir mi sueño. En ese momento, cuando muchos de mis amigos seguían estudiando o empezaban a trabajar, yo opté por la bici, aunque pareciese una locura. Si no llego a hacerlo, seguramente estaría trabajando con mi hermano en el aserradero familiar o haciendo cosas que no me gustan, como muchas otras personas, para llegar a final de mes.  El ciclismo, disgustos aparte, me dio muchos días de gloria, una posición social, por así decirlo, y una capacidad para acometer esos proyectos que inicié cuando dejé el deporte profesional, que de otra forma no hubiera podido. Estoy orgulloso de haber sido lo que fui, y satisfecho de haber topado con un deporte que me llenó y que me sigue llenando a día de hoy.

¿Recuerda qué fue lo primero que compró con su primer salario como profesional?

La verdad es que empecé en un equipo muy modesto, con un sueldo que daba para bastante poco. No fue hasta el tercer año, cuando gané alguna carrerilla, que empecé a estar un poco cotizado y el sueldo mejoró. Lo primero que me compré fue un coche decente, básicamente porque estaba yendo a Portugal en un coche a gasolina y me arruinaba con el gasto en combustible. En la época que yo empecé había muchos equipos profesionales, no como ahora, pero también había mucho nivel en el campo amateur. Sólo en Galicia recuerdo que éramos un montón de corredores. No era nada fácil destacar y dar el paso a lo profesional, así que los que pudimos, nos fuimos a Portugal. Mi meta era no depender económicamente de mis padres y allí me fui por lo justo. Pero rápidamente me hice un hueco y me convertí en un ciclista más o menos cotizado.

¿Qué se dice uno a sí mismo cuando flaquean las fuerzas y cree que no va a poder llegar a meta?

Siempre digo que un buen motor tiene que venir acompañado de una buena centralita. Hay portentos en lo físico que no llegan a nada porque su cabeza no es capaz de soportar el nivel de exigencia y sufrimiento que se requiere en este deporte. En una subida te pasan cientos de cosas por la cabeza. Normalmente, vas pensando de curva a curva, no más lejos, o intentando adivinar qué va pensando el corredor que tienes al lado. A veces, escribo artículos para el “Marca” y ayer mismo le comentaba a un vecino -de balcón a balcón- que tenía ganas de escribir sobre lo que no percibe la gente cuando te ve subir un puerto. Es un teatro a 180 pulsaciones. Tú estás pensando en todos los detalles, analizas absolutamente todo, pero tu cara no refleja absolutamente nada. Hoy en día hasta entrenan el rictus, la cara que ponen para que no se sepa lo que realmente está pasando por tu cabeza.

Tras su paso por el deporte de élite se metió a empresario. Hábleme de sus dos empresas, la de eventos deportivos y la de ropa deportiva. ¿Qué tal funcionan?

No me puedo quejar. Me he metido en un un sector que más o menos conozco y en el que mi nombre me abre algunas puertas, aunque después tiene que evitar que se te cierren demostrando tu valía para que sigan confiando en ti. El problema del deporte profesional, y sobre todo el ciclismo, es que te exige una dedicación de 25 horas al día y te impide desarrollarte en otras facetas. Cuanto más tarde dejes la actividad profesional es mejor por un lado, porque quiere decir que ganas más dinero, pero por otro es peor porque te plantas con casi 40 años sin ningún tipo de formación y buscando un hueco en el mercado laboral. Por otra parte, yo creo que los empresarios y mis clientes valoran mucho el hecho de que haya sido ciclista porque ya te presuponen disciplina, capacidad de trabajo y sacrificio. En mi caso, los dos primeros años aprendí a base de disgustos y codazos, pero ahí me vino muy bien mi época de ciclista profesional: aprendes a llevar los tropiezos y a superarte día a día.

Creo que en algún momento pensó en montar una bodega. ¿De dónde le viene ese amor por el vino?

Bueno, es cierto que soy de Cacheiras, que no es una zona tremendamente vitivinícola, pero está en una subzona de Albariño. De hecho, a un kilómetro de mi casa están montando una bodega grande y hay una viña bastante importante a otro kilómetro escaso. La viticultura siempre me atrajo. Creo que es la parte más gratificante de la agricultura y tenía claro que si llevaba adelante algún proyecto en el sector tenía que ser en la Ribeira Sacra, por su componente histórico y por el potencial que le veo. Si hay una Denominación de Origen en Galicia con capacidad, no de crecimiento  por falta de espacio, pero sí de darse a conocer a nivel internacional por sus vinos de calidad es la Ribeira Sacra. Creo que es un vino que la gente no conoce lo suficiente, a pesar de que están haciendo un buen trabajo desde la D.O.. Cada vez que viene un exportador de fuera, sobre todo norteamericanos, flipa con la inclinación de los bancales.

Es algo que hay que dar más a conocer. Es una viticultura que está por encima de muchas cosas y una zona que tiene algo que no tiene nadie. A mí la idea de hacer una bodega pequeña aquí me fascinaba, pero al final no pudo ser. No obstante, sigo en contacto con Roberto Regal, que es un enólogo de Chantada y que era la persona que me estaba ayudando a buscar algo que encajara con lo que buscaba. Finalmente, pudieron más los contras que le veía al proyecto y un amigo me aconsejó que no me metiera en un mundo que no conocía. Y creo que tenía razón.

¿Y como consumidor, qué prefiere, blanco o tinto?

Soy de tintos. Hay épocas del año que bebo más blanco, pero prefiero los tintos.

¿Y qué variedad le gusta?

Me gusta un Mencía bien elaborado y, sobre todo, mezclado con otras variedades. En la línea de lo que han hecho en Algueira o Guímaro. También creo que la Garnacha es una variedad súper interesante y tampoco soy de los que está en contra de los vinos de barrica. Creo que a Ribeira Sacra, en la línea que te decía antes, le falta ponerse en valor porque el trabajo de gente como Roberto Regal o Raúl Pérez es maravilloso. No puede ser que salga una botella de esa zona a tres euros, porque cuesta el triple que en cualquier otra parte.  Bancales al 80% de inclinación como los que tiene Régoa no los vas a encontrar en ningún otro lugar del mundo. Y a eso hay que ponerle un precio.

Después de años de cuidar la dieta, ¿cuál sería su maridaje perfecto?

No soy muy ‘tiquismiquis’ en cuestión de comida. Me quedaría con una buena carne y un buen tinto como el «Neno da Ponte», de Roberto Regal. Y me lo tomaría para cenar, más que a mediodía.

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