Entrevista Ana Gadín, copropietaria de Atrium Vitis

“Enfocamos nuestro proyecto hacia una bodega de vinos blancos de alta calidad y singulares”

En el caso de Ana Gadín y Javier Mendoza, su bodega “Atrium Vitis” ha sido una vuelta a los orígenes, a conectar con la tierra, con la familia. Tras muchos años de investigación y observación, en 2012 se decidieron a poner en marcha su proyecto, aunando la tradición de varias generaciones en el cultivo de la vid y la elaboración de vino con una visión vanguardista sobre las variedades y los vinos de guarda

En esta bodega se da cita la tradición de varias generaciones dedicadas a la elaboración del vino. ¿Quiénes son “Atrium Vitis”?

Esta bodega surge en principio como una afición, como un hobby, que fue acaparando tiempo hasta convertirse en un proyecto ya más serio y apasionante, que cada vez nos absorbe más tiempo tanto a mí como a mi marido y nos quita de hacer otro tipo de trabajo.

¿Había algún antecedente en la familia o fue una aventura?

Como en casi en todas las zonas vinícolas de Galicia, hacer vino en las casas, tener viñas, era algo normal. Y en concreto en la familia de Javier había varias generaciones que se habían dedicado ya a este mundo, cuidaban el viñedo, recuperaban variedades autóctonas. Nosotros quisimos coger ese testigo y nos fijamos no tanto en lo que hacía la Denominación de Origen si no en lo que hacían en nuestra propia familia. Así que tomamos el referente del abuelo de Javier ,quien, un poco a contracorriente en esta zona, hacía unos blancos espectaculares, con base de la uva Albariño. Esa variedad estaba plantada en esta parcela, junto con otras variedades autóctonas blancas y tintas, y también con alguna foránea que habían traído de sus viajes a Valencia y a Cataluña. Así que esta finca era un poco como un jardín botánico y nos permitía observar perfectamente el comportamiento de cada una de las variedades. Finalmente vimos que la Albariño era la que aportaba más singularidad, con la que podíamos hacer un vino distinto, un vino que podía expresar lo que era esta zona. Así que nos decidimos por plantar mayoritariamente Albariño, recuperando también las plantas que tenía el abuelo de Javier. También nos fijamos en cómo hacía él el vino, ya que no utilizaba los depósitos de acero, usaba barricas de madera, y empezamos a experimentar con el vino criado y fermentado en madera.

¿Y funcionó?

Tuvimos que tener mucho cuidado porque nosotros sabíamos que uno de los potenciales de este vino era su carácter frutal, el carácter varietal de la uva y lo que queríamos era aportar con la madera unas características de vinos de guarda, una mayor complejidad en aromas… Mayor singularidad, pero sin apagar esas notas maravillosas, innatas a esta variedad. Y de esta manera enfocamos nuestro proyecto hacia una bodega de vinos blancos, de alta calidad y muy singulares.

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Al igual que en su momento el abuelo de Javier, ustedes también van a contracorriente

Al principio se creían que estábamos locos por hacer un Albariño en esta zona, y los primeros en no entenderlo fueron los vecinos y la familia. Nosotros lo habíamos meditado mucho, primero observando nuestra propia tradición, porque cuando alguien venía de fuera y le querían agasajar con algún tipo de regalo, lo que hacían era darle una botella de vino blanco, no de tinto. El vino tinto era lo que se tomaba todos los días, entonces realmente donde había algo especial era en el blanco y ahí fue donde decidimos volcar todo nuestro esfuerzo. También es cierto que salen buenos tintos de esta zona, pero quizás para eso no te tienes que esforzar tanto.

¿A qué se refiere con el esfuerzo?

Nosotros tuvimos que viajar, ver diferentes tonelerías, saber qué tostado de barrica era el más adecuado para esta variedad y para el vino que hacíamos, y eso no es fácil, cada año es un riesgo. De hecho, desde 1994 hasta el año 2012 en el que pusimos en marcha la bodega, estuvimos trabajando en el proyecto, buscando qué era lo que queríamos hacer, contrastando técnicamente las características del terreno… Queríamos sacar todo el potencial a las variedades y eso nos llevó mucho tiempo. Desde 1994 hemos trabajado con nuestro enólogo, Luis Buitrón, buscando ese vino que queríamos.

Hábleme un poco del viñedo, ¿todas las parcelas están en la misma zona?

Esta parcela en concreto es de una hectárea y media y un 80% está plantada con Albariño, aunque también hay algo de Godello, Treixadura y un poquito de Loureira. Todas están cerca unas de otras y el suelo es del mismo tipo: arcilloso de canto rodado.

Ribeira Sacra, aunque la gente lo asocia más con los vinos tintos, está de moda, ¿han notado el tirón?

Está de moda, pero depende dónde. Por ejemplo, en A Coruña Ribeira Sacra no se conoce mucho, lo que realmente se conoce es la variedad Mencía. El público en general, no los que saben de vinos, no distingue si el Mencía que le están dando es de Ribeira Sacra, Bierzo o Valdeorras, piden un Mencía, sin más. Todavía hay mucho por hacer en el tema de promoción y creo que todos debemos intentar trasmitir el mundo del vino, dar a conocer lo que se está haciendo en Galicia. Por nuestra parte, tampoco es fácil estar trabajando un producto que no se demanda en el mercado. Es relativamente sencillo vender un Mencía o un Godello, pero un Albariño de la Ribeira Sacra fermentado en barrica no lo demanda nadie, tienes que contar lo que haces, darlo a probar, y ese es un trabajo a mayores. Así que en nuestro caso, además de hacer el vino, tenemos que contar nuestra historia.

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¿Qué producción tiene la bodega?

Ahora mismo estamos sacando entre 7.000 y 9.000 botellas. De momento hemos trabajado el mercado nacional y hemos vendido algo de forma puntual para otros países, aunque no podemos decir que sea exportación porque nos lo vinieron a comprar en bodega.

¿Con qué nos sorprenderán en un futuro?

Nuestro objetivo es seguir haciendo vinos diferentes, como estamos haciendo hasta ahora. Aunque somos pequeños, hacemos siete tipos de vinos distintos. Queremos seguir manteniéndonos fieles al territorio, al terruño, seguir siendo auténticos. No nos importa crecer un poco, pero de forma comedida. Queremos seguir controlando todo el proceso, seguir interviniendo en todas las fases, tal y como hacemos ahora. Nos gusta estar ahí porque es la manera de aprender y porque se trata de un proyecto muy personal.

¿Cómo les ha ido este año con la vendimia?

Fue frenética porque nosotros hacemos vinificaciones por separado de las variedades y cada una tiene un ciclo diferente de maduración, por lo tanto no se pueden vendimiar el mismo día. Además, este año el tiempo no ayudó nada, llovía y teníamos que parar la vendimia, esperar a que la uva se estabilizara y reanudarla. Fue muy complicada, estuvimos tres semanas dedicadas enteramente a la vendimia pero finalmente conseguimos que toda la uva entrara sana, que era el objetivo.

“Atrium Vitis” no es un nombre nada común, ¿a quién se le ocurrió?

Lo pensamos los dos, Javier y yo, porque para nosotros lo importante era la vid y era como reservarle un lugar privilegiado: el atrio de la vid. Fue por hacer un homenaje a lo fundamental, que es la vid más que el vino.

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