“La calidad actual de los tintos gallegos tiene mucho que ver con la recuperación de las variedades autóctonas”

Sí, están leyendo bien, este titular corresponde a una entrevista con Moncho Fernández, entrenador del Obradoiro. Y es que el técnico gallego sabe un montón de vinos,  variedades y denominaciones de origen, una afición que le lleva a consultar blogs y revistas especializadas para estar puntualmente informado de las últimas novedades, siempre que el baloncesto, su auténtica pasión, se lo permite. Para este último número de 2017 de Cepas y Vinos hemos querido contar con este profesional que recibe halagos por donde pasa  y que basa su éxito en el trabajo en equipo,  en el “nosotros por encima del yo”. Con ustedes, Moncho Fernández.

Monbus Obradoiro – Real Madrid j.marqués

Han tenido un inicio de liga fantástico, ¿esta temporada, la octava para usted en este banquillo, se prevé especial?

Es difícil responder a esa pregunta porque yo creo que el deporte en general, y el profesional por supuesto, es presente inmediato. A veces cometemos el error de pensar en el futuro. Y eso no quiere decir que no tengas metas, ni objetivos, pero sí creo que uno tiene que poner su atención en el presente inmediato, en lo que ocurre en el día a día. Yo no pienso qué  puede ser y qué no puede ser, porque al igual que se me ocurren muchas cosas buenas, también se me ocurre alguna mala. De hecho, el año pasado tuvimos alguna experiencia negativa en ese aspecto. Creo que es más importante disfrutar del camino que pensar en lo que está por llegar.

¿Cómo y cuándo empezó a interesarse por el baloncesto?

Soy de un colegio muy ‘basketero’, el Peleteiro, y crecí rodeado de canastas. Teníamos profesores como Pepe Casal, hoy presidente de la Fundación Heracles, que nos impartía Educación Física y nos traía a la selección española, aquella que consiguió la medalla de plata en Los Ángeles. Pepe Casal es el culpable de que muchos seamos entrenadores de basket, de que estemos vinculados al baloncesto. La verdad es que desde pequeño siempre me han gustado los deportes, pero el baloncesto es el que más me atraía. Tengo recuerdos de mi infancia de venir al Sar a ver al Obra con mi padre. Tengo muchos recuerdos de pequeño de los martes y jueves, cuando había competición europea. Mi padre venía de trabajar, me recogía en casa y me llevaba al bar de al lado para ver el partido -en mi casa no teníamos televisor en color-. Y así, mientras él tomaba las tazas, yo veía al Scavolini, al Real Madrid… Y aunque me gustaba mucho el basket, lo cierto es que empecé de casualidad porque en mi barrio los niños que tenían dos años menos que yo querían hacer un equipo de baloncesto, no tenían entrenador y me lo pidieron. Esto fue en el año 87, han pasado 31 y sigo entrenando.

Veo en sus redes sociales que se ha solidarizado con el colegio de Málaga al que han multado por hacer mucho ruido botando la pelota. 

Lo que es cierto es que no puedes ir contra el cambio social y yo soy de una quinta que jugaba en la calle, hacíamos juegos/deportes: fútbol, baloncesto, tenis, olimpiadas… La calle era el patio de mi recreo, que diría Antonio Vega. Pero lógicamente la sociedad ha evolucionado y cuando en mi época pasaba un coche cada 15 minutos, ahora pasan 15 coches cada segundo. Digamos que la calle ha sido sustituida por el patio del colegio, que es el organizador social de los chicos. Que ahora el sonido de un balón contra el suelo moleste a alguien me parece una aberración. Pero no quiero ser extremista sin hacer el esfuerzo empático de ponerme en el lugar de los otros. Bueno, ¿realmente hay mucho ruido en ese patio? Puede ser. ¿Y cuál es  la solución, que no jueguen al basket, que no haya actividades extraescolares, que no salgan al patio? Eso es lo que me parece lamentable. Por eso escribí acerca de este tema, porque lo que hay al otro lado de la balanza y se pierde es muchísimo: los valores de equipo, la salud…

Estudió Historia, ¿en qué momento decidió que quería dedicarse al baloncesto profesional?

Lo decidió el baloncesto por mí, más que yo. Creo que la profesionalidad no sólo tiene que ver con la cantidad de dinero que percibes por ejecutar tu trabajo, sino que  tiene mucho que ver con un estado de ánimo, con tu forma de afrontar las cosas, cobres o no cobres, cobres más o cobres menos. Lo que empezó como un hobby alcanzó el grado de pasión, pero realmente mi plan de vida era ser profesor de Historia que, además, es una vocación que sigo teniendo y cuando tengo la oportunidad de dar una clase, una charla, siento que me hubiera gustado hacerlo. Pero el baloncesto seguía ahí. Mis fines de semana desde hace 31 años están organizados en torno a la competición. Y un día, cuando tenía 30 años, me llegó una oferta de Moncho López para ser su ayudante en Gijón. Ahí fue cuando tuve que escoger si seguir por un camino o por otro. Lo medité largamente durante un segundo y me fui a Gijón. Y hasta hoy.

De todas formas, la profesión de entrenador también conlleva una parte muy didáctica, casi que de profesor,  ¿no?

Sí, tiene muchos aspectos que se tocan. Al final, un profesor y un entrenador tienen una capacidad de mejora, yo creo que infinita, hasta el día que se retire. Y eso es lo que hace para mí que estas dos profesiones sean tan fantásticas. Y luego el hecho de compartir, de poder enseñar algo a los demás. Para mí es algo muy grato y me realiza muchísimo.

Lleva siete años, camino de ocho, entrenando al equipo de su ciudad, ¿es difícil ser profeta en la tierra de uno?

Aquí en Santiago, la verdad es que sólo he percibido cariño. Y quizás las mayores muestras de ese cariño siempre han llegado, de forma pública o privada, cuando las cosas iban peor. Creo que el Obradoiro es un club especial por eso, porque es de todos y cuando las cosas no van bien o estamos en situaciones muy delicadas, lo que ha hecho el ‘obradoirismo’ es no buscar culpables, sino soluciones. Ha habido un montón de iniciativas por parte de la afición: camisetas, eslogan, llenar el pabellón, animar más si cabe… Como cualquier profesión pública en la que estás expuesto, lógicamente también recibo críticas, pero forma parte de mi trabajo. Aunque más felicitaciones y parabienes que críticas, te lo aseguro.

¿Y qué tal lleva Moncho Fernández las críticas?

Habría que hacer una clasificación entre las críticas, porque algunas son constructivas, reales, y otras que simplemente buscan hacer daño, insultar o menospreciar. A las primeras les haces caso y a las segundas las ignoras totalmente. Soy de los que opina que no hace daño el que quiere sino el que puede.

¿Y los elogios, qué tal lleva que le digan que es el entrenador de moda?

Bueno, los elogios me dan bastante urticaria, me dan un poco de vergüenza. El exceso de almíbar me resulta empalagoso, la verdad.

¿Qué hace para soportar la presión?

Primero  habría que definir qué es presión. Para mí  presión es cuando eres un cabeza de familia o que haya gente que dependa de ti y no tienes trabajo, cuando un ser querido está enfermo y no puedes hacer nada. La presión del deporte es mínima, es algo  con lo que convives, algo que respiras y lo vives día a día. Aunque ganes el partido, al día siguiente vas a tener entrenamiento y después, otro partido. Convivo con la presión perfectamente. Me afectan mucho más las otras presiones de las que te hablé, cuando no hay nada que esté en mi mano, cuando las cosas no dependen de mí. Al final esto es un juego, es un deporte. Soy optimista por naturaleza y siempre pienso que las cosas van a salir bien. Así que lo que es la presión deportiva, la verdad es que me afecta poco.

¿Le siguen llamando “El Alquimista”?

Pues sí. El mote me lo puso un amigo, periodista ahora mismo de Marca.com, que cuando estaba entrenando en Los Barrios me llamó “El Alquimista de la LEB”. Y yo creo que lo que él pretendía con aquel titular, que era para una noticia puntual, era decir que los alquimistas transforman el plomo en oro y que de aquel grupo habíamos sacado mucho rendimiento. Pero realmente era un titular. Aquello fue degenerando y ha llegado a “El Alquimista de Pontepedriña”. Y bueno, ya me ha quedado. También he dicho muchas veces que me da un poco de vergüenza, porque cuando nos meten alguna que otra, habrá quien se parta de risa con lo de “El Alquimista”.

¿Cuál es el secreto para conseguir que los jugadores sean uno, sean grupo?

Primero hay que tener en cuenta que somos un conjunto formado por realidades muy dispares, tanto en el origen como en la cultura o en el idioma. Al principio de temporada, somos un grupo formado, por ejemplo,  por un checo, un andaluz, un catalán, un tunecino, un americano, un canadiense, un padre de familia con dos hijos, un joven de 22 años…  Pero si hay algo que he aprendido es que hay un lenguaje universal de valores que todo el mundo entiende, sea cual sea tu cultura. Es decir, el esfuerzo, el sacrificio, la solidaridad, el compañerismo. Nosotros intentamos construir el equipo en torno a esto y nos ayuda mucho la idiosincrasia del club, que nos llamemos Obradoiro, que es el lugar donde se trabaja. Construir un equipo es una tarea del día a día, tiene que ver con los propios jugadores, con el propio perfil que buscamos a la hora de fichar, que tiene que ver no sólo con las habilidades técnicas sino también con sus capacidades humanas. Aquí el esfuerzo, el sacrificio, el colectivo, el anteponer nosotros al yo es algo que tanto el cuerpo técnico como el club  o la afición, lo que nosotros llamamos el “obradoirismo”, lo repetimos como un mantra. Aquel que no lo entienda acaba fracasando.

¿Se ve fuera de Santiago o es algo que ni se plantea? 

Antes me preguntabas en qué momento decido ser profesional y te decía que  fue el baloncesto el que lo decidió por mí. Soy una persona muy de presente. Hoy estoy en Santiago, en un club fantástico, en el club de mis amores, en mi ciudad, en mi casa y lo único que hago es disfrutar de esto. Lo que me depare el futuro ya se verá. Si me hubieras hecho esta entrevista hace 25 años, te diría que me veía en un instituto dando clases. Así que no pienso demasiado en qué puede venir después. Disfruto de esto y lo que tenga que venir vendrá.

¿Seguirá entrenando con 70 años?

La verdad es que no. Si me preguntas si con 70 años me veo siendo entrenador de baloncesto, por supuesto que sí.

Vamos a hablar de vinos, que es el tema de la revista. ¿Qué prefiere, blanco o tinto? 

Tinto. También me gusta el blanco pero si me obligas a escoger, el tinto, sin duda.

¿Alguna denominación de origen en concreto?

No, me gusta todo el vino y cuando tengo la oportunidad de probar alguno nuevo, lo hago. Me encanta.

¿Es de los que se asesora en publicaciones especializadas o se lanza a probar?

Hoy en día, una cosa que te permiten las redes sociales es seguir determinadas cuentas, algunos blogs de gente que controla mucho. Y de vez en cuando en mi tiempo de ocio leo sobre vinos, intento aprender. Menos quizás que antes pero es que ahora no tengo apenas tiempo. Creo que el vino realmente es tu experiencia con él. Bebo vino a menudo, aunque no estoy tan informado como antes.

Pertenece a una generación en la que ir de vinos era más habitual de lo que es ahora.

Sí. También tiene que ver mucho con un hecho cultural. Antes te hablaba de mi infancia y la gente cuando yo era pequeño, te hablo de mis padres y de los padres de mis amigos, tomaba tazas, hacía sus recorridos. Es algo que pertenece al acervo cultural español, ocurre en todos los sitios. Recuerdo que en uno de mis primeros viajes con Gijón, que fuimos a jugar a Vitoria,  salimos a dar una vuelta y me llamó muchísimo la atención que se pudiera chatear con vinos de reserva. Eso aquí era imposible. Es que en Euskadi lo de los vinos más que una tradición, como pudiera ser aquí, es una religión. Me gusta el hecho social de charlar en una barra, disfrutar de una copa de vino, tomar un pincho, hablar… Me encanta. Ese aspecto de la socialización me parece súper divertido.

Como amante de los tintos, imagino que apreciará lo que han mejorado los vinos gallegos.

Al hilo de esto, recuerdo una excursión que hice en quinto de carrera, en el año 92, al Ribeiro. Nuestro  profesor de Geografía Económica y Geografía de Galicia nos hablaba de las cepas, de las vides, y pasó un paisano y le dijo: “Non lle minta aos rapaces que case todas son de fóra”. Así que yo estoy convencido de que esa mejoría tiene mucho que ver con la recuperación de nuestras variedades autóctonas, desde la garnacha tintorera, el sousón, el caíño… Así como por la aplicación de las nuevas tecnologías vitivinícolas a la elaboración del vino, que provocan que la uva tenga el protagonismo principal, lo que hace que  hoy en día tengamos vinos de muchísima calidad. Me gustan los tintos gallegos pero me gustan los tintos de España, en general, más que los tintos de fuera. Quizás también por una deficiencia  en mi formación, porque no he tenido la posibilidad de probar más vinos. Me encanta Castilla-La Mancha, Montes de Toledo, Campo de Borja, toda la Garnacha del Ebro; me gustan los vinos catalanes, incluso los tintos canarios, que los hay muy buenos. Y no puedo olvidarme de Portugal, que es un país con una variedad de vinos increíble.

¿Seguimos pecando los gallegos de “riojitis”? 

Cuando tenía 17 años no entendía cómo la gente podía beber vino. Con 20 años había cambiado totalmente mi forma de pensar y fue cuando empecé a beber vino. En mi caso, yo soy hijo de aquellos riojas que sabían todos iguales, aquel sabor a madera, a vainilla, daba igual la bodega e incluso la añada. Gracias a esos vinos, me empecé a aficionar. Ribera también tuvo un boom, pero en mi caso bebo Rioja, bebo Ribera, vinos de Galicia o Castilla León.

Entiendo que la cerveza también le gusta, incluso un poquito más ahora por eso del patrocinio…

La cerveza también me gusta, tomar una caña con amigos… Creo que tomar una cerveza o un vino es algo que, por lo menos en mi caso, asocio con algo divertido, con momentos de ocio, con amigos, siempre en un entorno lúdico, de buen rollo.

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